Homilía del sábado 22 de septiembre, XXIII ORDINARIO

…la Palabra de Dios que acogemos como “tierra buena” nos da la vida. Esa vida es la resurrección: “del mismo modo que fuimos semejantes al hombre terreno, seremos también semejantes al hombre celestial”. Comenzamos a renacer en Cristo desde ahora, en la esperanza de su plenitud en nosotros. María nos acompaña en el camino, nos acoge y educa en la fe y nos incorpora a su respuesta para anunciar y edificar la vida del Reino dando frutos de paz y justicia.

Lecturas del 18 de Septiembre del 2018 (Sábado de la Semana 24)

Alguien preguntará: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo? Tu pregunta no tiene sentido. Lo que siembras no llega a tener vida, si antes no muere. Y lo que siembras, no es la planta tal como va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo, o de cualquier otra planta. Lo mismo pasa con la resurrección de los muertos: se siembran cuerpos corruptibles y resucitarán incorruptibles; se siembran cuerpos humillados y resucitarán gloriosos; se siembran cuerpos débiles y resucitarán llenos de fuerza; se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales.

¿Por qué honrar a tus padres puede hacerte feliz? Catequesis del Papa Francisco acerca del cuarto mandamiento

“Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te ha mandado, para que tus días se prolonguen y seas feliz en la tierra que el Señor tu Dios te da”. Honrar a los padres conduce a una larga vida feliz. …No habla de la bondad de los padres, no requiere que los padres y las madres sean perfectos. Habla de un acto de los hijos, independientemente de los méritos de los padres, y dice algo extraordinario y liberador: incluso si no todos los padres son buenos y no todas las infancias son serenas, todos los hijos pueden ser felices, porque el logro de una vida plena y feliz depende de la justa gratitud con aquellos que nos han puesto en el mundo. Nuestras heridas comienzan a ser potenciales cuando, por gracia, descubrimos que el verdadero enigma ya no es “¿por qué?”, ​​sino “¿para quién?”,” ¿para quién?” me sucedió a mí. ¿En vista de qué obra me ha forjado Dios a lo largo de mi historia? Aquí todo se revierte, todo se vuelve precioso, todo se vuelve constructivo. Mi experiencia, aunque haya sido triste y dolorosa, a la luz del amor, ¿cómo se vuelve para los demás, para quién fuente de salvación?

Homilía del miércoles 19 de septiembre, XXIV ORDINARIO

Cuando entramos en relación con una persona, no la conocemos de inmediato, sino hasta que hay un trato cada vez más íntimo, que nos escuchamos, y por el diálogo nos conocemos, sobre todo nos amamos. El amor quita las barreras de la imaginación, de los malos entendidos, lleva a la verdad no sólo de la persona amada, sino de nosotros mismos. Es la sabiduría de la vida. Con Dios, y desde Él con los demás, nuestra Sabiduría vendrá del Espíritu de Dios. Viviremos la caridad, como San José María de Yermo y Parres que en su vida y ministerio se ofreció totalmente en bien de los más pobres.

Lecturas del 19 de Septiembre del 2018 (Miércoles de la Semana 24)

El Evangelio nos pide que pensemos bien, y cuando no podamos justificar un acto, por lo menos tratemos de justificar las intenciones con que se realizó ese acto. Si no podemos hablar bien de una persona en público, entonces es preferible callar antes que criticarla. Dios no delegó en nadie el poder de juzgar. El juzgar se lo reservó para él mismo. Y esto es así, porque para juzgar hay que tener el conocimiento total de la persona que realiza el acto, sus intenciones, sus móviles que la impulsan a obrar así, su criterio de las cosas y del acto que realizó; y nosotros no podemos saber de eso. Por eso la prudencia nos exige que no emitamos juicio sobre las intenciones en el obrar del prójimo. Hoy vamos a pedirle a María nuestra Madre, que nos ayude a mirarnos a nosotros, descubrir nuestras debilidades y pedir perdón a Dios por ellas. Así nos volveremos más comprensivos con los demás y evitaremos toda crítica que perjudique a nuestros hermanos.

Lecturas del 18 de Septiembre del 2018 (Martes de la Semana 24)

San Juan nos dice: No amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad. Y esas obras de amor, ese servicio a nuestro prójimo, tiene también un orden preciso. Ya que el amor lleva a desear y buscar el bien de quien se ama, primero debemos buscar la unión de los demás con Dios, pues este es el máximo bien. Pero además de procurar los bienes espirituales para nuestro prójimo, todos los cristianos tenemos el grave compromiso de promover un orden social más justo, pues la caridad se refiere también a buscar el bien material de todos los hombres. Pidamos a Jesús, El que se conmovió ante los sufrimientos de la viuda de Naím, que jamás permanezcamos pasivos ante la necesidad o el dolor de nuestros hermanos.

Homilía del lunes 17 de septiembre, XXIV ORDINARIO

Jesús sana con la fuerza de su Palabra al servidor por la intercesión, en la fe, de su patrón. La admiración del pagano por Jesús hace efectiva su fe para él y para su servidor enfermo. Ejemplo de este oficial también de caridad y cuidado por quienes lo atienden. ¡Si supiéramos admirarnos los unos de los otros en ese sentido, valorar la fe! Además, este oficial romano, pagano, ha quedado en la memoria de la Iglesia en el momento de recibir a Cristo Eucarístico.

Lecturas del 17 de Septiembre del 2018 (Lunes de la Semana 24)

El centurión se nos muestra humilde y es precisamente esa humildad la que le permite tener fe. Y es por esa fe, que reconoce el poder de Jesús. Ese centurión percibe que Jesús tiene un poder superior y que no necesita tan siquiera acercarse al enfermo para curarlo. Sólo tenía que decirlo y así sería. Y Jesús quedó admirado de la fe de este hombre y produjo el milagro. Jesús puede hoy también sanar nuestras dolencias físicas y morales; sanar a quienes nos rodean. Tal vez si no hace el milagro se debe a que no tenemos esa fe y esa humildad que mostró el centurión. Pidámosle hoy con confianza a nuestro Señor que nos regale una fe en su poder, como la del centurión.

La libertad que nos da Jesús, catequesis del Papa Francisco

…pensemos en las pasiones humanas: el goloso, el lujurioso, el avaro, el iracundo, el envidioso, el perezoso, el soberbio – y así sucesivamente- son esclavos de sus vicios, que los tiranizan y atormentan. No hay tregua para el goloso, porque la garganta es la hipocresía del estómago, que está lleno pero nos hace creer que está vacío. El estómago hipócrita nos vuelve golosos. Somos esclavos de un estómago hipócrita. No hay tregua ni para el goloso ni para el lujurioso que deben vivir del placer; la ansiedad de la posesión destruye al avaro, siempre acumulan dinero, perjudicando a los demás; el fuego de la ira y la polilla de la envidia arruinan las relaciones. Los escritores dicen que la envidia hace que el cuerpo y el alma se vuelvan amarillos, como cuando una persona tiene hepatitis: se vuelve amarilla. Los envidiosos tienen el alma amarilla, porque nunca pueden tener la frescura de la salud del alma. La envidia destruye. La pereza que evita cualquier esfuerzo hace incapaces de vivir; El egocentrismo, -ese ego del que hablaba- soberbio cava una fosa entre uno mismo y los demás.