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El Papa Francisco habla en su catequesis de la idolatría

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos hoy a reflexionar sobre el Decálogo, profundizando en el tema de la idolatría, ya hablamos de esto la semana pasada. Ahora volvemos al tema porque es muy importante conocerlo. Y tomamos de referencia el ídolo por excelencia, el becerro de oro, del cual se habla en el Libro del Éxodo (32, 1-8) – acabamos de escuchar un pasaje. En este episodio hay un contexto preciso: el desierto, donde el pueblo espera a Moisés, que subió a la montaña para recibir las instrucciones de Dios.

¿Cuál es el desierto? Es un lugar donde reinan la precariedad y la inseguridad – en el desierto no hay nada – donde no hay agua, no hay comida y no hay refugio. El desierto es una imagen de la vida humana, cuya condición es incierta y no tiene garantías inviolables. Esta inseguridad genera en el hombre ansiedades primarias, que Jesús menciona en el Evangelio: “¿Qué vamos a comer? ¿Qué vamos a beber? ¿Qué nos pondremos?” (Mt 6,31). Son ansiedades primarias. Y el desierto causa estas ansiedades.

Y en ese desierto sucede algo que desencadena la idolatría. “Moisés tardó en descender de la montaña” (Es 32,1). Se quedó allí 40 días y la gente se impacientó. El punto de referencia, que era Moisés, falta: el líder, el jefe, el guía tranquilizador, y esto se vuelve insostenible. Entonces las personas piden un dios visible – esta es la trampa en la que cae la gente – para poderse identificar y orientar.

Y le dicen a Aron: “Danos un dios que vaya por delante de nosotros!”, “Danos un jefe, danos un líder”. La naturaleza humana, escapar de la precariedad – la precariedad en el desierto – busca una religión “hazlo tú mismo”: si Dios no aparece, nos hacemos un dios a medida. “Ante el ídolo, no hay riesgo de que seamos llamados a abandonar nuestra seguridad, porque ‘los ídolos tienen boca, pero no pueden hablar’ (Sal 115,5)”. Entendemos entonces que el ídolo es un pretexto para ubicarse en el centro de la realidad, en la adoración del trabajo de sus propias manos” (Enc. Lumen fidei, 13).

Aaron no puede oponerse a las peticiones de las personas y crea un becerro de oro. El becerro tenía un doble significado en el antiguo Oriente Próximo: por un lado representaba la fertilidad y la abundancia, y por el otro representaba energía y fuerza. Pero, sobre todo, es dorado, por lo que es un símbolo de riqueza, éxito, poder y dinero. Estos son los grandes ídolos: éxito, poder y dinero. ¡Estas son las tentaciones de todos los tiempos! Esto es lo que es el becerro de oro: el símbolo de todos los deseos que dan la ilusión de libertad y en su lugar esclavizan. Es atractivo y tú caes. Ese encanto de la serpiente, que mira el pájaro y el pájaro se queda quieto sin poder moverse y la serpiente lo coge. Aaron no sabía como oponerse.

Pero todo se debe a la incapacidad de confiar sobre todo en Dios, de poner nuestra seguridad en Él, para permitirle dar una verdadera profundidad a los deseos de nuestros corazones. Esto nos permite soportar también la debilidad, la incertidumbre y la inseguridad. La referencia a Dios nos hace fuertes en la debilidad, en la incertidumbre y también en la precariedad. Sin la primacía de Dios, uno fácilmente cae en la idolatría y se contenta con garantías mínimas. Pero esta es una tentación que siempre leemos en la Biblia. Y piensen bien esto: liberar el pueblo de Egipto a Dios no costó tanto trabajo; lo hizo con signos de poder, de amor. Pero la gran obra de Dios fue quitar a Egipto del corazón de la gente, es decir, quitar la idolatría del corazón del pueblo. Y, sin embargo, Dios continúa trabajando para eliminarlo de nuestros corazones. Esta es la gran obra de Dios: eliminar “ese Egipto” que llevamos dentro, que es el atractivo de la idolatría.

Cuando se acoge el Dios de Jesucristo, un hombre rico que se hizo pobre para nosotros (cfr 2 Cor 8,9), entonces uno descubre que reconocer la propia debilidad no es la desgracia de la vida humana, sino que es la condición para abrirse a uno que es verdaderamente fuerte. Entonces, por la puerta de la debilidad entra la salvación de Dios (cfr 2 Cor 12,10); y en virtud de su propia insuficiencia, el hombre se abre a la paternidad de Dios. La libertad del hombre surge de dejar que el verdadero Dios sea el único Señor. Y esto nos permite aceptar la propia fragilidad y rechazar los ídolos de nuestro corazón.

Nosotros, los cristianos, volvamos nuestra mirada a Cristo crucificado (cfr Gv 19,37), que es débil, despreciado y despojado de toda posesión. Pero en Él se revela el rostro del Dios verdadero, la gloria del amor y no del engaño brillante. Isaías dice: “Hemos sido sanados por sus heridas” (53,5). Fuimos curados precisamente por la debilidad de un hombre que era Dios, por sus heridas. Y desde nuestras debilidades podemos abrirnos a la salvación de Dios. Nuestra recuperación proviene de Aquel que se hizo pobre, que aceptó el fracaso, quien ha llevado nuestra precariedad hasta el final para llenarla de amor y fortaleza. Él viene a revelarnos la paternidad de Dios; en Cristo nuestra fragilidad ya no es una maldición, sino un lugar de encuentro con el Padre y la fuente de una nueva fuerza desde arriba.

 

Audiencia general del 8 de Agosto del 2018

Fuente: Zenit

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea (Texto original: italiano)

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Vicaría de San Buenaventura

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