La mejor forma de evangelizar: con la alegría de la fe en la mirada

El Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. ¿Cómo se convierte en predicador de Jesús? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegría de la fe: con los ojos. Dios nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad. Soñar en un mundo diferente. Y si un sueño se apaga, volver a soñarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orígenes, a esas brazas que, tal vez después de una vida no tan buena, están escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con Jesús.

“Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”

Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuanta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”.

Dejémos que el amor de Cristo nos transforme

El amor en Cristo supone lo que Él vive: amor a los enemigos que lo persiguen y crucifican; amor a los discípulos que lo traicionan, niegan, abandonan. Con ternura va al reencuentro de todos. El mundo quiere sacar de la realidad el dolor, así oculta el sentido de la esperanza en el cambio, bloquea la posibilidad de la reconciliación, hunde en el odio, el rencor, la revancha, la venganza.

Lecturas del 24 de febrero del 2013 (Viernes de la Séptima Semana)

La intención de Dios es que el hombre y la mujer se unan por amor en el matrimonio, de modo que ya no sean dos personas, sino una sola. La unión de los esposos no es una unión sólo a nivel genital, tiene que ser una unión en todos los niveles de la vida en común. En una unión de esa clase, no queda lugar para pensar en el divorcio. Donde los fariseos hablan de las causas de divorcio, Jesús habla de la FUERZA del AMOR que une. Vamos a pedirle hoy al Señor, que conceda a los jóvenes que van a unirse en matrimonio, la convicción que ese matrimonio que van a constituir, es para toda la vida, que piensen en el paso que van a dar, que no tomen decisiones a la ligera. Que pidan siempre la ayuda del Señor para no equivocarse, y que sean conscientes que van a tener que luchar para conservar ese amor. Y vamos a pedirle hoy también por los esposos cristianos para que sepan ver a Dios en medio de ellos.