Catequesis del Papa Francisco del 20 de Febrero del 2019

Cuántas veces los hombres hemos amado de esa manera tan débil e intermitente. Todos hemos pasado por esta experiencia: hemos amado pero luego ese amor ha cesado o se ha vuelto débil. Deseosos de amar, nos hemos tenido que enfrentar, en cambio, con nuestros límites, con la pobreza de nuestras fuerzas: incapaces de mantener una promesa que en los días de gracia parecía fácil de lograr. Después de todo, incluso el apóstol Pedro tuvo miedo y escapó. El apóstol Pedro no fue fiel al amor de Jesús. Siempre hay una debilidad que nos hace caer. Somos mendigos que en el camino corren el peligro de no encontrar nunca por completo el tesoro que buscan desde el primer día de su vida: el amor. Sin embargo, hay otro amor, el del Padre “que está en los cielos“. Nadie debe dudar que es destinatario de este amor. Nos ama. “Me ama”, podemos decir.

Homilía del jueves 25 de octubre 2018, XXIX ORDINARIO

Jesús nos pide que al optar por seguirlo, pongamos en segundo lugar, inicialmente, a la familia, para que, al vivir a Cristo, su reinado, podamos amar a la familia en lo que es realmente sin someternos a ella ni someterla. El amor entonces es una decisión libre, sin falsedad, ni acomodos temerosos o egoístas. La oración de Pablo es maravillosa en este sentido. Pide para que nos abramos de tal manera al amor del Padre, que nos inunde totalmente.

Lecturas del 12 de Octubre del 2018 (Viernes de la Semana 27)

Tal vez en nuestras vida de cristianos mediocres, hay un demonio mudo, que nos impide jugarnos por Cristo, confesarlo delante de los hombres. Decía Pablo VI, que muchos cristianos estamos poseídos de ese demonio mudo, del miedo, de la falsa prudencia, de la falta de audacia necesaria para dar testimonio de la fe. Somos cristianos sin voz. Y el Señor hoy nos llama a decidirnos por Él, y a recoger con Él, ser vínculos de unión. Para recoger, para unir, se necesita mucha caridad y mucho amor. Es el amor el que une a los que se aman. Para desparramar sólo se necesita dejarse llevar por el egoísmo y la soberbia. Si en nosotros prevalece el Yo, vamos a desunir. Si en nosotros prevalece Jesús, nos estrechamos más con Jesús, y así nos unimos con todos aquellos que están también en Jesús.

Homilía del jueves 13 de septiembre de 2018, XXIII ORDINARIO

Amor a los enemigos: los que nos maldicen, difaman, física o psicológicamente nos golpean; los que nos invaden pidiéndonos cosas o alterando nuestra paz. El trato igualitario al que queremos recibir. El punto de llegada es la misericordia. Que el amor, la preocupación por el que sufre, el interés por los demás sea una fuerza que salga de lo más profundo de nosotros mismos. Eso es misericordia que nos hace semejantes al Padre.

Homilía del 6 de mayo del 2018, VI DOMINGO DE PASCUA

El amor del discípulo de Jesús no puede ser posesivo, creador de dependencia ni de esclavitud, sino liberador, que haga crecer sin medida a cada uno; por eso no es cerrado a dos, se abre a todos. ¡Ya estamos resucitados! ¡Hagamos a un lado el amor al estilo del mundo! ¡Ese amor no sirve para nada! ¡Es un engaño! Posesivo, esclavizador, destructor de la dignidad. Renazcamos en Jesús resucitado al amor nuevo y eterno.

La mejor forma de evangelizar: con la alegría de la fe en la mirada

El Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. ¿Cómo se convierte en predicador de Jesús? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegría de la fe: con los ojos. Dios nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad. Soñar en un mundo diferente. Y si un sueño se apaga, volver a soñarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orígenes, a esas brazas que, tal vez después de una vida no tan buena, están escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con Jesús.

“Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”

Jesús abre los brazos a los pecadores. Cuanta gente perdura también hoy en una vida equivocada porque no encuentra a nadie disponible a mirarlo o verlo de modo diverso, con los ojos, mejor dicho, con el corazón de Dios, es decir, mirarlos con esperanza. Jesús en cambio, ve una posibilidad de resurrección incluso en quien ha acumulado tantas elecciones equivocadas. Jesús siempre está ahí, con el corazón abierto; donando esa misericordia que tiene en el corazón; perdona, abraza, entiende, se acerca… “Pero, Señor, yo soy un trapo” – “Pero, mira adelante y te hago un corazón nuevo”.

Dejémos que el amor de Cristo nos transforme

El amor en Cristo supone lo que Él vive: amor a los enemigos que lo persiguen y crucifican; amor a los discípulos que lo traicionan, niegan, abandonan. Con ternura va al reencuentro de todos. El mundo quiere sacar de la realidad el dolor, así oculta el sentido de la esperanza en el cambio, bloquea la posibilidad de la reconciliación, hunde en el odio, el rencor, la revancha, la venganza.