Para ser Luz y Sal es necesario purificarnos todos los días, Papa Francisco

La sal es un elemento que mientras da sabor, preserva el alimento de la alteración y de la corrupción – ¡en los tiempos de Jesús no había heladeras! Por lo tanto, la misión de los cristianos en la sociedad es aquella de dar “sabor” a la vida con la fe y el amor que Cristo nos ha donado y, al mismo tiempo, mantener lejos los gérmenes contaminantes del egoísmo, de la envidia, de la maledicencia, y demás. Estos gérmenes arruinan el tejido de nuestras comunidades, que deben en cambio resplandecer como lugares de acogida, de solidaridad y de reconciliación. Para cumplir esta misión es necesario que nosotros mismos, en primer lugar, seamos liberados de la degeneración corruptiva de los influjos mundanos, contrarios a Cristo y al Evangelio; y esta purificación no termina nunca, debe ser realizada continuamente, hay que hacerla todos los días.

Papa Francisco: “el sudario no tiene bolsillos”

la espera de la bienaventuranza eterna no nos dispensa del compromiso de hacer más justo y más habitable el mundo. Es más, justamente nuestra esperanza de poseer el Reino en la eternidad nos empuja a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles. Que la Virgen María nos ayude a no ser personas y comunidades conformistas con el presente, o peor aún nostálgicas del pasado, sino dirigidas hacia el futuro de Dios, hacia el encuentro con Él, nuestra vida y nuestra esperanza

Escuchemos a Jesús y a los que nos rodean

Si nosotros vamos a rezar -por ejemplo- delante al Crucifijo y hablamos, hablamos, hablamos y hablamos, y después nos vamos: ¡no escuchamos a Jesús! No dejamos hablar a Él a nuestro corazón. Escuchar: aquella palabra es clave. ¡No olviden! No debemos olvidar que la Palabra de Jesús nos ilumina, nos sostiene y sostiene todo lo que somos y que hacemos.

Dios está ansioso por usar su misericordia con todos nosotros

Dios no excluye a nadie. Dios no impide a ninguno la posibilidad de salvarse. Él está ansioso por usar la misericordia, usarla hacia todos en el tierno abrazo de reconciliación y de perdón. Esta pregunta “¿qué debemos hacer?” la sentimos también nuestra. La liturgia de hoy nos repite, con las palabras de Juan, que es necesario convertirse, es necesario cambiar dirección de marcha y emprender el camino de la justicia, de la solidaridad, de la sobriedad: son los valores imprescindibles de una existencia plenamente humana y auténticamente cristiana. ¡Conviértanse! Es la síntesis del mensaje del Bautista.

La fuerza del reino de Cristo es el amor

La lógica mundana se apoya en la ambición, en la competición, combate con las armas del miedo, del chantaje y de la manipulación de las conciencias. La lógica del Evangelio, es decir, la lógica de Jesús, en cambio se expresa en la humildad y en la gratuidad, se afirma silenciosamente pero eficazmente con la fuerza de la verdad. Los reinos de este mundo a veces se sostienen con prepotencias, rivalidades, opresiones; el reino de Cristo es un “reino de justicia, de amor y de paz”.

¿Das lo que te sobra o lo que te es indispensable?

“Estaban en la mesa una madre con tres hijos; el padre estaba en el trabajo; estaban comiendo filetes de carne empanados… en ese momento llaman a la puerta y uno de los hijos –pequeños, 5, 6 años, 7 años el más mayor– viene y dice: ‘mamá, hay un mendigo que pide comida’. Y la madre, una buena cristiana, le pregunta: ‘¿Qué hacemos?’ –‘Vamos a dársela mamá’– ‘Vale’. Tomó un tenedor y un cuchillo y cortó la mitad de cada uno de los filetes. ‘¡Ah no mamá, no! Así no!’. ‘Tómalos del frigorífico’ – ‘¡No, hagamos tres bocadillos así!’. Y los hijos aprendieron que la verdadera caridad se da, se hace no de aquello que sobra, sino de aquello que es necesario”.
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Lecturas del 23 de octubre de 2015 (Viernes de la Semana 29)

Señor, enséñame tus mandamientos. Enséñame la discreción y la sabiduría, porque confío en tus mandamientos. Tú eres bueno y haces el bien: enséñame tus mandamientos. Que tu misericordia me consuele, de acuerdo con la promesa que me hiciste. Que llegue hasta mí tu compasión, y viviré
porque tu ley es toda mi alegría. Nunca me olvidaré de tus preceptos: por medio de ellos, me has dado la vida. Sálvame, porque yo te pertenezco y busco tus preceptos. (Salmo de hoy)