Lecturas del 21 de Mayo del 2017 (Domingo de la Sexta Semana de Pascua)

El Espíritu Santo es nuestro Consolador mientras caminamos en este mundo en medio de dificultades y bajo la tentación de la tristeza. Por grandes que sean nuestras limitaciones, siempre podemos mirar con confianza al cielo, y sentirnos llenos de alegría. Dios no ama y nos libra de nuestros pecados. La presencia y acción del Espíritu Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.

Lecturas del 12 de octubre del 2016 (Miércoles de la Semana 28)

Muchas veces, quienes pensamos estar más cerca de Dios, criticamos que nuestro pueblo se contenta con una serie de ritos externos, con una religiosidad superficial, hoy deberíamos preguntarnos, a qué se debe ese comportamiento. ¿No será que la gente huye de una religión llena de preceptos y leyes y obligaciones bajo pecado, y busca en la superstición y en la magia un consuelo y una liberación de sus cadenas?

Lecturas del 28 de Mayo del 2016 (Sábado de la Octava Semana)

Otra vez -te conozco- me has llamado. Y no es la hora, no; pero me avisas. De nuevo traen tus celestiales brisas claros mensajes al acantilado del corazón, que, sordo a tu cuidado, fortalezas de tierra eleva, en prisas de la sangre se mueve, en indecisas torres, arenas, se recrea, alzado. Y tú llamas y llamas, y me hieres, y te pregunto aún, Señor, qué quieres, qué alto vienes a dar a mi jornada. Perdóname, si no te tengo dentro, si no sé amar nuestro mortal encuentro, si no estoy preparado a tu llegada. Amén

¿Eres huérfano del Padre?

También en nuestro tiempo se constatan diferentes signos de nuestra condición de huérfanos: Esa soledad interior que percibimos incluso en medio de la muchedumbre, y que a veces puede llegar a ser tristeza existencial; esa supuesta independencia de Dios, que se ve acompañada por una cierta nostalgia de su cercanía; ese difuso analfabetismo espiritual por el que nos sentimos incapaces de rezar; esa dificultad para experimentar verdadera y realmente la vida eterna, como plenitud de comunión que germina aquí y que florece después de la muerte; esa dificultad para reconocer al otro como hermano, en cuanto hijo del mismo Padre; y así otros signos semejantes.