Homilía del miércoles 27 de diciembre de 2017, OCTAVA DE NAVIDAD

¡Qué mejor encuentro de amigos que lavarles los pies, darse como alimento en la Eucaristía! Aun cuando es abandonado, negado, traicionado, al reencontrarse con ellos, parece que no ha pasado, sigue tratándolos como amigos. ¿Cómo olvidar estos hechos de amistad? Aprendamos del Apóstol a crecer en la amistad con Cristo. Aprendamos a dar testimonio del encuentro personal con Cristo. Aprendamos a poner siempre en primer lugar el amor.

Homilía del domingo 24 morado, IV DOMINGO DE ADVIENTO

Dios quiere dialogar y habla claro; si no le entendemos puede explicarnos. De nuestra parte es necesario escuchar con todo nuestro ser: afectos, sentimientos, emociones, razón, libertad, fe… todo, como María. En la vida cotidiana no vemos ángeles, no cargamos con la Biblia ni con Jesús Eucarístico; vamos con lo que somos, hijos de Dios, guiados por su Espíritu, a quien tenemos ya la posibilidad de llevar a nuestros ambientes, a los demás.

La mejor forma de evangelizar: con la alegría de la fe en la mirada

El Señor no quiere hombres y mujeres que caminan detrás de Él de mala gana, sin tener en el corazón el viento de la felicidad. Un discípulo del Reino de Dios que no sea gozoso no evangeliza este mundo, es uno triste. ¿Cómo se convierte en predicador de Jesús? Custodiando en los ojos el brillo de la verdadera felicidad. Vemos a tantos cristianos, incluso entre nosotros, que con los ojos te transmiten la alegría de la fe: con los ojos. Dios nos quiere capaces de soñar como Él y con Él, mientras caminamos bien atentos a la realidad. Soñar en un mundo diferente. Y si un sueño se apaga, volver a soñarlo de nuevo, recurriendo con esperanza a la memoria de los orígenes, a esas brazas que, tal vez después de una vida no tan buena, están escondidas bajo las cenizas del primer encuentro con Jesús.

La fe no es una escapatoria a los problemas de la vida, pero si nos sostiene en el camino y le da un sentido

…la fe nos da la seguridad de una Presencia, esa presencia de Jesús – una Presencia que nos impulsa a superar las tormentas existenciales, la certeza de una mano que nos aferra para ayudarnos a afrontar las dificultades, indicándonos el camino incluso cuando esta oscuro. La fe, finalmente, no es una escapatoria a los problemas de la vida, sino nos sostiene en el camino y le da un sentido.