Lecturas del martes 9 de enero del 2018 (Primera Semana tiempo ordinario)

Dice el evangelio que Jesús exponía su doctrina con autoridad. Esa autoridad surge de su vida, porque Cristo vivía lo que exponía. Esto nos enseña que para predicar con autoridad, hay que vivir en conformidad con lo que se predica. Nosotros debemos vivir lo que decimos y hablar de lo que vivimos. No podemos hablar de la fe, si no vivimos en plenitud la fe. No podemos pensar que somos discípulos de Jesús, si Él no es nuestro modelo. La autoridad para hablar de Dios y de su Reino, nos la da nuestra vida. Si nuestra vida no es acorde con lo que decimos, no podremos convencer a nadie. Por eso los padres, los educadores, tenemos una gran responsabilidad, porque la educación que trasmitimos a nuestros hijos, o a nuestros alumnos, no es lo que les decimos sino lo que somos.

Lecturas del 9 de enero del 2017 (Lunes de la Primera Semana)

Ningún cristiano puede pensar que, aunque su trabajo sea aparentemente de poca importancia, puede ser realizado de cualquier modo, o con dejadez. Ese trabajo lo ve Dios y tiene una importancia que nosotros no imaginamos. Ese trabajo lo debemos realizar pensando en el Señor, y ofrecérselo, como una manera de poner al Señor también en el centro de nuestro trabajo y de nuestra vida.

Lecturas del Sábado 9 de enero del 2016

Después que los cinco mil hombres se saciaron, en seguida, Jesús obligó a sus discípulos a que subieran a la barca y lo precedieran en la otra orilla, hacia Betsaida, mientras él despedía a la multitud. Una vez que los despidió, se retiró a la montaña para orar. Al caer la tarde, la barca estaba en medio del mar y él permanecía solo en tierra. Al ver que remaban muy penosamente, porque tenían viento en contra, cerca de la madrugada fue hacia ellos caminando sobre el mar, e hizo como si pasara de largo. Ellos, al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman.» Luego subió a la barca con ellos y el viento se calmó. Así llegaron al colmo de su estupor, porque no habían comprendido el milagro de los panes y su mente estaba enceguecida.
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