Lecturas del 1 de Diciembre del 2017 (Viernes de la Semana 34)

Muchas veces, los padres, vemos que nuestros hijos están entrando en la lucha y en la crisis de la adolescencia, que los hace sacudir, y no nos comprenden, se vuelven agresivos, cambian hasta la manera de mirarse a sí mismos y de mirar la vida. Frente a esa realidad, es tarde para comenzar la poda, la poda debe realizarse antes. Ese momento es el momento en que debemos simplemente acompañarlos, ser respetuosos y confiar en que el viento de la vida, sacudirá su follaje y arrancará muchas cosas. En ese momento es cuando habiendo podado antes, debemos confiar en Dios, y tener fé en nuestros hijos. Esa fé es la que nos va a permitir defenderlos de lo que viene de afuera, y a lo mejor, podarlos un poquito para defenderlos de la exuberancia que les brota de adentro. Vamos a pedirle al Señor por todos los padres, para que sepan acompañar a sus hijos en su crecimiento, para que sean capaces de podar a tiempo y después tengan confianza en Dios y en su Reino. Y vamos a pedir por los jóvenes para que descubran a Dios, para que descubran cómo Dios actúa en sus vidas y en el mundo, y para conozcan también lo que Dios le espera de ellos.

Lecturas del 1o de diciembre del 2016 (Jueves de Primera Semana de Adviento)

Hoy vamos a mirar nuestra vida, y nuestras obras de misericordia o nuestra ausencia de obras, porque tal vez sea el momento de cambiar ¿Cómo somos nosotros? ¿Somos los sensatos de que habla Jesús en el Evangelio, que escuchan las palabras y las ponen por obra, o somos de los necios que las escuchan a gusto, pero las olvidan? No basta saber que existe Dios, también el diablo sabe que existe Dios, no basta decirle Señor, Señor. Cuando experimentamos a ese Dios que es amor, y lo experimentamos presente en la oración y en la vida, tenemos también que descubrirlo en nuestros hermanos. Eso es lo que nos pide Jesús hoy, que pongamos su evangelio en obras.

Lecturas del 1 de diciembre de 2015 (Martes de Primera Semana de Adviento)

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.» Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: «¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven! ¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!»