Lecturas del 8 de Marzo del 2018 (Jueves de la Tercera Semana de Cuaresma)

Todo aquel que es causa de división entre los cristianos, aunque no se de cuenta, trabaja para el demonio y en contra de los intereses del Señor. Ahí radica la gravedad de fomentar una división entre los seguidores del Señor. Y muchas veces, en distintos grupos o distintas personas dentro de la misma Iglesia, se fomentan envidias o rencores. No siempre se podrá pretender que todos pensemos lo mismo. Que todos coincidamos en la forma de hacer las cosas, o en nuestros gustos. Pero, ya que nuestra inteligencia, nuestra cabeza, no nos puede unir, que nos una al menos nuestro corazón. La desunión no es tanto el producto de ideas u opiniones diferentes, sino más bien, se origina en las actitudes y en los sentimientos que acompañan a esas opiniones o ideas.

Lecturas del 8 de marzo del 2017 (Miércoles de la Primera Semana de Cuaresma)

A veces personas que llevan años siguiendo a Cristo, experimentan oscuridad. Esa oscuridad, ese no poder ver a Dios es producto sobre todo de nuestra soberbia, acompañada muchas veces de un ambiente que trata de imponernos el modelo del facilismo, del confort… Cuando experimentemos esa oscuridad, es el momento en que debemos apoyarnos con confianza en Dios. La fe se prueba en esos momentos. En los momentos de oscuridad, es cuando debe aparecer nuestra fe, esa fe que nos dice: Esto que el Señor está permitiendo que pase en mi vida, y que me duele, que no entiendo, es para mi bien, es para ayudarme a ser más semejante a él.

Lecturas del 8-3-16 (Martes de la Cuarta Semana de Cuaresma)

Hoy también hay mucha gente que espera, como este hombre con resignación. Que está enferma, que ve la piscina que cura, pero que no puede acercarse sola. Jesús que ve en su interior de cada uno, ve la resignación del hombre y le pregunta: ¿Te quieres sanar? Y en el hombre se despierta el deseo de sanar, el deseo de vivir, el deseo de ser libre. Jesús quiere curarnos, pero quiere que nosotros también lo deseemos y se lo pidamos. Aunque Jesús conoce la necesidad del enfermo, espera para curarlo que él lo pida, y entonces le dice: Levántate, toma tu camilla y anda. Y para este hombre empieza una vida nueva. El no podía sanar por sus propios medios, necesitaba un Salvador, necesitaba a Jesús. Nosotros también estamos enfermos y no podemos liberarnos solos. Necesitamos la ayuda de nuestros hermanos y el poder liberador del Espíritu Santo que nos ofrece Jesús. Como el enfermo del evangelio, tenemos que decirle a Jesús que necesitamos que nos cure y él nos curará.
¡Líbrame de esta carne de pecado de la que siento en alas desasirme, Señor, que, en una cruz, por redimirme, diste todo en la llaga del costado! ¿Y volaré, para volver atado a mi antigua enemiga?; ¿andaré firme el día que otra vez vuelva a vestirme de la túnica inútil del pasado? Vivo en la fe, y el alma no se atreve a pedir verte sólo en lo inefable, sólo en aliento y en blancor de nieve. ¡Otra vez lo corpóreo, lo palpable! ¡Que mi segunda carne sea leve! ¡Dame, Señor, la vida perdurable! Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu, por los siglos de los siglos. Amén.