Lecturas del 13 de Marzo del 2018 (Martes de la Cuarta Semana de Cuaresma)

Jesús se fija en uno de los enfermos, en un hombre que llevaba 38 años enfermo y nunca había llegado a tiempo al agua, porque no tenía a nadie que lo ayudara y entonces siempre que el agua se movía otro llegaba primero. Y este hombre, estaba resignado a vivir toda la vida así. Hoy también hay mucha gente que espera, como este hombre con resignación. Que está enferma, que ve la piscina que cura, pero que no puede acercarse sola. Jesús que ve en el interior de cada uno, ve la resignación del hombre y le pregunta: ¿Te quieres sanar? Y en el hombre se despierta el deseo de sanar, el deseo de vivir, el deseo de ser libre. Jesús quiere curarnos, pero quiere que nosotros también lo deseemos y se lo pidamos. Aunque Jesús conoce la necesidad del enfermo, espera para curarlo que él lo pida, y entonces le dice: Levántate, toma tu camilla y anda. Y para este hombre empieza una vida nueva. El no podía sanar por sus propios medios, necesitaba un Salvador, necesitaba a Jesús.

Lecturas del 13 de Marzo del 2017 (Lunes de la Segunda Semana de Cuaresma)

Muchas veces nos cuesta mucho perdonar. Sobretodo si hemos sido ofendidos o se nos ha dañado en algo grave, o si quien nos ha ofendido es alguien de quien no lo esperábamos. Es ahí cuando tenemos que hacernos el propósito de perdonar en forma rápida. Primero que todo, en nuestro interior, en nuestro corazón. Debemos pedir ayuda al Señor para que nos ayude a sacudir rapidamente nuestros rencores. Para eso nos pueden ayudar las palabras de Jesús en la Cruz: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Si el Señor nos perdona a nosotros tantas ofensas, bien podemos ofrecer al Señor las ofensas que recibimos de nuestro prójimo, perdonando de corazón. Eso, además de ser lo que Jesús espera de nosotros, nos traerá la paz interior, y nos permitirá la reconciliación con nuestro prójimo.

Lecturas del 13 de Marzo del 2016 (Domingo de la Qunta Semana de Cuaresma)

Déjame, Señor, así; déjame que en tí me muera, mientras la brisa en la era dora el tamo que yo fui. Déjame que dé de mí el grano limpio, y que fuera, en un montón, toda entera, caiga el alma para tí. Déjame, cristal, infancia, tarde seca, sol violento, crujir de trigo en sazón. Coge, Señor, mi abundancia, mientras se queda en el viento el olor del corazón. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.