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Homilía del domingo 17 de diciembre de 2017, III ADVIENTO

Is 61, 1-2. 10-11; Sal Lc 1; 1Tes 5,16-24; Jn 1, 6-8.19-28.

En este tercer domingo de adviento aparecen dos protagonistas más claramente: el Espíritu Santo y Juan el Bautista. El don del Padre guía al Precursor desde el seno materno, como recordamos del pasaje de la Visitación de María.
Los que rechazan la Escritura no conocen a Dios, tampoco al Mesías, Jesús: “en medio de ustedes hay uno, al que ustedes no conocen, alguien que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias”.
Este es el contraste de este acontecimiento que nos relatan el evangelio, el poder de Dios, y la humildad del Bautista: “Yo soy la voz que grita en el desierto: ‘Enderecen el camino del Señor’, como anunció el profeta Isaías”. La voz no es la Palabra, la hace presente, como Juan, instrumento. Lo que dice la voz es preparar el camino para el Mesías que llega con el Espíritu Santo: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido y me ha enviado”.
Nuestra esperanza en el adviento está fundada en el camino que realiza el Señor hacia nosotros para proponernos un estilo de vida que lleve a la paz y al gozo del Espíritu Santo. María es testigo fiel de este don.
Ella actualiza el cántico del profeta Isaías: “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con un manto de justicia”.
¿Por qué este paralelismo? Porque María se abre al Espíritu Santo. Ella nos muestra el camino para prepararnos: abrirnos a la Palabra y decidirnos a mirar con fe los acontecimientos. Estamos invitados a superar la división, injusticia, mentira, corrupción con nuestra decisión por la verdad, la reconciliación y el perdón mutuo, frutos del Espíritu Santo.

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