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Homilía del lunes 12 noviembre de 2018, XXXII ORDINARIO

Rojo Memoria de San Margarito Flores García. Mártir mexicano
Tito: 1, 1-9; Sal 23; Lc 17, 1-6.

Jesús conoce muy bien nuestra fragilidad y nuestra fuerza. Esto lo vemos en el texto del evangelio de hoy. No ve sólo una parte, ve las dos. “No es posible evitar que existan ocasiones de pecado, pero ¡ay de aquel que las provoca!”
Sí existe el pecado, el mal. Es algo que especialmente en la adolescencia nos causaba enojo. ‘¿Por qué si Dios existe deja que haya tanto mal’?, decíamos. Y con los años estamos de acuerdo con Jesús, es inevitable el pecado.
¡Pero también es posible superarlo! Y no sólo eso, sino perdonar a quien nos ofende. Si Jesús nos dice: “Si tu hermano… te ofende siete veces al día, y siete veces viene a ti para decirte que se arrepiente, perdónalo”.
Esta es la manera como nosotros podemos dar la vida por los pecadores. Nada me hace, tal vez me moleste, pero no más, que alguien haga daño a otro; pero si es a mí a quien hace daño, es distinto. ¡Me enojo! ¡Me defiendo!
Imitar a Jesús no se refiere sólo a situaciones agradables. Se refiere también a este modo de dar la vida. Y para esto hace falta la fe, la virtud, la fuerza que tenemos para construir la vida haciendo el bien y perdonando.
El testimonio de Pablo al discípulo es básico: “soy servidor de Dios y apóstol de Jesucristo, para conducir a los elegidos de Dios a la fe y al pleno conocimiento de la verdadera religión, que se apoya en la esperanza de la vida eterna”.
Hoy tenemos el testimonio de nuestro mártir San Margarito Flores García quien cuidó su vida, para entregarla cuando el Señor se lo pidiera, perdonando a quien lo iba a martirizar. Necesitamos asimilar más nuestra fe en relación con esta el perdón. Tener fe en la vida eterna.

San Margarito Flores García. Nació en Taxco de Alarcón, Gro., 22 de febrero de 1899. De humilde condición, ingresó al seminario de Chilapa, mereciendo por su lucidez intelectual numerosos diplomas y menciones honoríficas. Presbítero desde e1 5 de abril de 1924, catedrático del seminario y poco después, ministro de la parroquia de Chilpancingo: serio, atento y amable con todos, siempre dispuesto a servir con humildad y sacrificio. Rotas las relaciones entre el Estado mexicano y la Iglesia católica, en 1926, trasladado a Tecalpulco. Tuvo que refugiarse en las montañas, llegó a la casa paterna, en Taxco.
En los primeros días de 1927 se trasladó a la Ciudad de México. Allí se incorporó a la resistencia pacífica de los católicos y a perfeccionar sus aptitudes artísticas tomando un curso de pintura en la Academia de san Carlos. En junio de ese año fue recluido en los separos de la inspección general de policía, que se encontraban a cargo del general Roberto Cruz. Ahí atendió espiritualmente a los detenidos. En octubre regresó a Chilapa. La víspera de su partida ofreció, durante la misa, su vida y su sangre por México. En su diócesis lo hicieron vicario sustituto de Atenango del Río, Gro. Al día siguiente, el comisario de ese lugar, J. Cruz Pineda, le proporcionó un guía para que lo condujera a su destino. Apresado por el ejército federal, capitán Manzo, después de interrogarlo lo remitió a Tulimán. En el trayecto lo dejaron en ropa interior descalzo, atado de las manos caminando a pie. La mañana del 12 de noviembre de 1927 el capitán ordenó que a las once horas lo ejecutaran. En el improvisado paredón oró en silencio; uno de los soldados le pidió perdón. El mártir contestó: “No sólo te perdono, también te bendigo”. En pie, de frente a sus verdugos, se negó a que le vendaran los ojos, recibió la descarga. El cadáver fue abandonado. En 1946, la familia, lo trasladados a la capilla del Señor de Ojeda, en Taxco, donde reposan.

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