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Homilía del miércoles 21 de febrero, I CUARESMA

Jon 3, 1-10; Sal 50; Lc 17, 29-32

Dios es exigente con el pueblo de su amor, está claro en los dos textos este día. Por una parte, Jesús declara que “La gente de este tiempo es una gente perversa. Pide una señal, pero no se le dará más señal que la de Jonás”.
Perversión es distorsión, cambiar lo que alguien dice, tener una intención que no corresponde a la verdad ni a la autenticidad. El pueblo ha pervertido su fe, su relación con Dios, la ha dejado en lo exterior, material.
Nínive es la capital de un pueblo que rechaza a Dios. Y Jonás hace una cuaresma de predicación para invitar a la conversión. Tres días tarda en recorrerla casa por casa. Convoca una penitencia de cuarenta días.
A esa señal se refiere Jesús. Y esto es doloroso para Israel, pueblo elegido, tener como ejemplo a un pueblo pagano: “Quizá Dios se arrepienta y nos perdone, aplaque el incendio de su ira y así no moriremos”, expresa la fe del rey.
Así como Abraham de inmediato creyó, este rey que no conoce a Dios vive una nueva fe y alcanza para él y todo el pueblo el perdón. Algo así nos puede suceder a nosotros, discípulos de Jesús, que quedemos fuera y otros sí entren.
En distintos sectores existen personas preocupadas por los más necesitados, que buscan la justicia, que promueven la paz. Nosotros podemos quedarnos en la confianza de que ya somos católicos y no vivir esa fe en la vedad.
Vivamos cuarenta días de conversión y alcancemos el triduo del anuncio del evangelio con nuestra vida para la salvación de muchos. Ojalá en cada familia, niños, jóvenes, adultos, ancianos promuevan la vida de fe en sus ambientes.
Reorientemos la vida del evangelio en el mundo.

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