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Lectio santo Evangelio del día viernes 30 de agosto

Evangelio: Lucas 14,1-6

1 Un sábado, entró Jesús a comer en casa de uno de los jefes de los fariseos y la gente le observaba. 2 Había allí, frente a él, un hombre enfermo de hidropesía. 3 Jesús preguntó a los maestros de la Ley y a los fariseos: ¿Se puede curar en sábado o no? 4 Ellos se quedaron callados. Entonces Jesús tomó de la mano al enfermo, lo curó y lo despidió. 5 Después les dijo: ¿Quién de vosotros, si su hijo o su buey caen en un pozo, no lo saca inmediatamente, aunque sea en sábado? 6 Y a esto no pudieron replicar.

Reflexión

La comida en casa de un jefe de los fariseos (v. la) brinda a Jesús la ocasión de reafirmar la subordinación de la ley del sábado a la ley del amor (cf Lc 6,1-11; 13,10-17) y de poner en evidencia la reducción hipócrita que los doctores de la Ley y los fariseos hacían de la misma. El evangelista subraya que la atención de todos estaba centrada en Jesús, dado que «la gente le observaba» (v. lb). Jesús toma de nuevo la iniciativa, como en el caso de la mujer encorvada (cf. 13,12), pero en esta ocasión es él mismo quien suscita la controversia sobre la observancia del precepto sabático, planteando esta pregunta: «¿Se puede curar en sábado o no?» (v. 3).

Una vez realizada la curación, Jesús interpela otra vez a sus interlocutores con una pregunta retórica, una pregunta en la que subyace su observancia no escrupulosa del reposo sabático cuando se veía comprometido su interés personal (v. 5). El silencio (vv. 4a.6) con el que reaccionan los doctores de la Ley y los fariseos a las preguntas de Jesús pone de manifiesto el carácter irrebatible de los argumentos aducidos por el Nazareno y las insuficientes razones con las que éstos sostenían la interpretación de la Ley de Moisés.

Jesús es el Señor. Todos los aspectos de la vida reciben de él un nuevo significado, un nuevo valor, una nueva forma. Pero es menester nuestra libre adhesión a él para que esta realidad se vuelva «carne» en nuestra historia. Podemos desnaturalizar la Ley de Dios, como los fariseos, adaptándola a nuestros intereses, o bien, como los filipenses, escuchar con sencillez y disponibilidad el anuncio del Evangelio y convertirnos en sus testigos. Son dos modos diferentes de usar la libertad. ¿Cuál es su fruto? Mutismo amargo en el primer caso, puesto que la mezquindad deseca el corazón, pone barreras al encuentro con el otro; alegría profunda en el segundo, puesto que acoger a Jesús como Señor dilata y fecunda el espacio de la comunión.

Descubramos, a despecho de antiguos lugares comunes, que conocer a Jesús, acogerle, seguirle, hace crecer -y no mortificar- nuestra humanidad, libera los sentimientos más profundos y nos hace capaces de expresarlos de verdad, con intensidad y de manera concreta. Allí donde se manifiesta el amor, Dios está presente y recibe gloria.

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