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Lecturas del 11 de Octubre del 2017 (Miércoles de la Semana 27)

SANTORAL: Santa Soledad Torres Acosta

Lectura de la profecía de Jonás 4, 1-11

Jonás se disgustó mucho y quedó muy enojado. Entonces oró al Señor, diciendo: «¡Ah, Señor! ¿No ocurrió acaso lo que yo decía cuando aún estaba en mi país? Por eso traté de huir a Tarsis lo antes posible. Yo sabía que tú eres un Dios bondadoso y compasivo, lento para enojarte y de gran misericordia, y que te arrepientes del mal con que amenazas. Ahora, Señor, quítame la vida, porque prefiero morir antes que seguir viviendo.»
El Señor le respondió: «¿Te parece que tienes razón para enojarte?»
Jonás salió de Nínive y se sentó al este de la ciudad: allí levantó una choza y se sentó a la sombra de ella, para ver qué iba a suceder en la ciudad. Entonces el Señor hizo crecer allí una planta de ricino, que se levantó por encima de Jonás para darle sombra y librarlo de su disgusto. Jonás se puso muy contento al ver esa planta. Pero al amanecer del día siguiente, Dios hizo que un gusano picara el ricino y este se secó. Cuando salió el sol, Dios hizo soplar un sofocante viento del este. El sol golpeó la cabeza de Jonás, y este se sintió desvanecer. Entonces se deseó la muerte, diciendo: «Prefiero morir antes que seguir viviendo.»
Dios le dijo a Jonás: «¿Te parece que tienes razón de enojarte por ese ricino?» Y él respondió: «Sí, tengo razón para estar enojado hasta la muerte.»
El Señor le replicó: «Tú te conmueves por ese ricino que no te ha costado ningún trabajo y que tú no has hecho crecer, que ha brotado en una noche y en una noche se secó, y yo, ¿no me voy a conmover por Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de ciento veinte mil seres humanos que no saben distinguir el bien del mal, y donde hay además una gran cantidad de animales?»

Palabra de Dios.

SALMO Sal 85, 3-4. 5-6. 9-10 (R.: 15b)

R. Tú, Señor, eres lento para enojarte, rico en amor.

Tú eres mi Dios: ten piedad de mí, Señor,
porque te invoco todo el día;
reconforta el ánimo de tu servidor,
porque a ti, Señor, elevo mi alma. R.

Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan:
¡atiende, Señor, a mi plegaria,
escucha la voz de mi súplica! R.

Todas las naciones que has creado
vendrán a postrarse delante de ti,
y glorificarán tu Nombre, Señor,
porque tú eres grande, Dios mío,
y eres el único que hace maravillas. R.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 11, 1-4

Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos.»
El les dijo entonces: «Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación.»

Palabra del Señor.

Reflexión

Jesús, con su ejemplo nos muestra la necesidad de rezar. Repetidamente el evangelio nos muestra a Jesús en oración. Y entonces, uno de los discípulos le pide que les enseñe a orar. Nosotros también debemos descubrir que tenemos necesidad de orar constantemente. Que tenemos necesidad de alabar a Dios de palabra, de corazón y con nuestras obras. Que tenemos necesidad de dar gracias a Dios por todos los bienes espirituales y materiales recibidos. Por nuestra fe, por la gracia, por nuestras familias, por tantas cosas. Que tenemos necesidad de Dios, como tienen necesidad un niño pequeño de su padre, y le pide todo.

Y, descubierta la necesidad que tenemos de orar, debemos aprender a hacerlo. La oración no es un monólogo, sino un dialogo entre Dios y el hombre, y es Dios quien lo comienza. Pero nosotros nos debemos abrir al dialogo. Debemos estar dispuestos a la oración, y debemos poner de nuestra parte todos los medios para hacerla.

Dios habla al corazón de todo el que quiere escucharlo y reclama una respuesta. Orar bien significa ponerse en la presencia de Dios con una actitud de escuchar y darle una respuesta por medio de toda nuestra vida: pensamiento, palabra y obras.

La respuesta de Jesús no fue dirigida solamente al discípulo que le preguntó, sino a todos los hombres. Su respuesta fue la oración que llamamos comúnmente el Padrenuestro, que encontramos entera en el Evangelio de San Mateo, y que San Lucas, en el evangelio de hoy recoge en parte.

Continúa el evangelio de San Lucas diciendo que:

Jesús les dijo entonces:“Cuando oren, digan:

Padre, santificado sea tu Nombre.

Jesús invoca a Dios con la sencillez del hijo que habla a quien llama padre. Y pide que Dios sea conocido, amado, honrado y servido en todo el mundo, y en nosotros en particular.

“Que venga tu Reino”

que venga el reino de Dios en nosotros, que es la gracia.
Que venga el reino de Dios en la tierra, que es la Iglesia.
Y que venga el reino de Dios en el Cielo, que es la bienaventuranza.

“Danos cada día nuestro pan cotidiano”

Pedimos por nuestras necesidades materiales, empezando por el sustento diario. Pero también pedimos por lo que es necesario cada día para el alma. Por la Eucaristía, que es nuestro pan cotidiano. El alimento de la vida espiritual.
La palabra “cotidiano”, “de cada día”, resulta clave en esta petición. Jesús nos enseña a no vivir inquietos por el día de mañana, y pedir solo por el presente.

“Perdona a nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquellos que nos ofenden”

Con humildad, reconocemos que hemos ofendido al Señor, y pedimos perdón. Pero para ello, es necesario olvidarse antes del mal y las injurias de nuestros enemigos. Tenemos que perdonar si esperamos ser perdonados. Tenemos que aprender a amar al que comete una falta, y a la vez, detestar esa falta. Los cristianos debemos practicar la caridad total hacia todos, también hacia nuestros enemigos.

“Y no nos dejes caer en la tentación”

La falta no esta en sentir una tentación, sino en consentir en ella. Pedimos que Dios nos libre de toda tentación que sea demasiado fuerte para nuestras fuerzas, y pedimos también la fortaleza para vencer cualquier tentación que suframos.

Pidamos a María que nos ayude a invocar muchas veces al día a Dios, nuestro Padre, con la oración que el mismo Jesús nos enseñó.

Padre nuestro,
padre de todos,
líbrame del orgullo
de estar solo.

No vengo a la soledad
cuando vengo a la oración,
pues sé que, estando contigo,
con mis hermanos estoy;
y sé, estando con ellos,
tú estás en medio, Señor.

No he venido a refugiarme
dentro de tu torreón,
como quien huye a un exilio
de aristocracia interior.
Pues vine huyendo del ruido,
pero de los hombres no.

Allí donde va un cristiano
no hay soledad, sino amor,
pues lleva toda la Iglesia
dentro de su corazón.
Y dice siempre “nosotros”,
incluso si dice “yo”.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: Santa Soledad Torres Acosta, virgen (1826-1887)

María Soledad Torres Acosta nació en Madrid, el 2 de diciembre de 1826, donde murió el 11 de octubre de 1887. Nacida en una familia pobre. Desde muy pequeña sus padres le inculcaron el amor a Cristo. Sus primeros estudios los realizó en una escuela que estaba a cargo de las Hijas de san Vicente de Paul. El contacto con las religiosas hizo que Soledad comprendiera cuál era su vocación: entregar su vida a Dios. Era el 15 de agosto de 1851. En 1865 las siervas atendieron caritativa y valerosamente a los enfermos de peste. Fue nombrada superiora general de la congregación. Lamentablemente las mentiras sobre su trabajo hicieron que fuera destituida. La luz de la Verdad brilló y nuestra santa fue devuelta a su cargo. Santa Soledad se entregó al cuidado de pobres enfermos en un hulmidísimo barrio de Madrid junto al padre Miguel Martínez y Sanz. Cooperó con el párroco de Chamberí en la fundación de un instituto de religiosas dedicadas a la asistencia a los enfermos en su domicilio. Soledad fue la pieza clave del instituto, que se llamó Congregación de Siervas de María, Ministras de los enfermos. Fue beatificada por Pío XII, en 1950, y canonizada por Pablo VI, el 25 de enero de 1970.

Hoy también celebramos: Santa Madre de Dios de Begoña. Santos: María Soledad Torres Acosta, fundadora de las Siervas de María; Nicasio, Germán, obispos; Quirino, Anastasio, presbíteros; Escubículo, Plácido, Ginés, Probo, Andrónico, Sármatas, Zanaida, Filonila, mártires; Venancio, abad; Sisinio, arzobispo.

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Homilía del miércoles 11 de octubre 2017, XXVII ORDINARIO

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