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Lecturas del 12 de abril del 2019 (Viernes de la Quinta Semana de Cuaresma)

SANTORAL: San Julio I, papa

Lectura del libro del profeta Jeremías 20, 10-13

Oía los rumores de la gente: «¡Terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Si, lo denunciaremos!» Hasta mis amigos más íntimos acechaban mi caída: «Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre él y nos tomaremos nuestra venganza.»
Pero el Señor está conmigo como un guerrero temible: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer; se avergonzarán de su fracaso, será una confusión eterna, inolvidable.
Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa.
¡Canten al Señor, alaben al Señor, porque él libró la vida del indigente del poder de los malhechores!

Palabra de Dios.

SALMO Sal 17, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 7 (R.: cf. 7)

R. En mi angustia invoqué al Señor y él me escuchó.

Yo te amo, Señor, mi fuerza,
Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador. R.

Eres mi Dios, el peñasco en que me refugio,
mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoqué al Señor, que es digno de alabanza
y quedé a salvo de mis enemigos. R.

Las olas de la Muerte me envolvieron,
me aterraron los torrentes devastadores,
me cercaron los lazos del Abismo,
las redes de la Muerte llegaron hasta mí. R.

Pero en mi angustia invoqué al Señor,
grité a mi Dios pidiendo auxilio,
y él escuchó mi voz desde su Templo,
mi grito llegó hasta sus oídos. R.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 10, 31-42

Los judíos tomaron piedras para apedrearlo.
Entonces Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre; ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?»
Los judíos le respondieron: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios.»
Jesús les respondió: «¿No está escrito en la Ley: Yo dije: Ustedes son dioses? Si la Ley llama dioses a los que Dios dirigió su Palabra -y la Escritura no puede ser anulada- ¿Cómo dicen: “Tú blasfemas”, a quien el Padre santificó y envió al mundo, porque dijo: “Yo soy Hijo de Dios”?
Si no hago las obras de mi Padre, no me crean; pero si las hago, crean en las obras, aunque no me crean a mí. Así reconocerán y sabrán que el Padre está en mí y yo en el Padre.»
Ellos intentaron nuevamente detenerlo, pero él se les escapó de las manos. Jesús volvió a ir al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había bautizado, y se quedó allí. Muchos fueron a verlo, y la gente decía: «Juan no ha hecho ningún signo, pero todo lo que dijo de este hombre era verdad.» Y en ese lugar muchos creyeron en él.

Palabra del Señor.

Reflexión

Los judíos eran reacios a creer en la divinidad de Jesús. Por eso el Señor recurre a dos argumentos que no podrán rebatir: uno es el testimonio de la Sagrada Escritura, y el otro son sus obras. Jesús les hace ver que si no les creen a él, por lo menos tienen que creer en sus obras. Ese pueblo, a pesar de ver los milagros de Jesús, a pesar de ver que se cumplían las profecías del Antiguo Testamento, no quería creer en Jesús. Se resistían a creer. En primer lugar Jesús los remite al salmo 82, a la sagrada escritura que dice: Dioses son, todos ustedes, Hijos del Altísimo. Según este salmo, los hijos de Israel son llamados dioses e hijos de Dios. Con cuánta mayor razón entonces merece Jesús el ser Dios. Pero ellos no creen. Y entonces el Señor los remite a sus obras, les dice: Crean por mis obras. Jesús se da a conocer por sus obras. Y cada uno de nosotros, debemos convencer a los demás no con palabras, sino en primer lugar con las obras de vida.

Por eso nuestra carta de presentación tienen que ser las obras, lo que primero debemos comparar es cómo es nuestro modo de vivir con lo que el Señor nos propone.

Los hombres de hoy, conocen mucho menos que los judíos de la época de Jesús, las sagradas escrituras. Y Jesús no está presente en nuestra época para realizar los milagros que realizó hace dos mil años. Por esos para que otros crean en Jesús, cada uno de nosotros debe presentar obras. Esas obras que glorifiquen a Dios, son el testimonio que hará que no se puedan oponer razones a nuestra fe. El argumento que Jesús les da a los judíos. Que crean en sus obras, no puede rebatirse, y entonces los judíos furiosos tratan de apedrearlo.

Esta misma práctica de atacar cuando no se pueden oponer razones, es la misma en aquel tiempo que hoy. También hoy hay quienes cuando no pueden oponer razones contra Cristo o contra su Iglesia, los persiguen. Pero como la virtud se prueba en la adversidad, cuando una obra es realmente de Dios, él va a cuidar de ese obra y la va a hacer dar fruto. Para eso, siempre debe estar puesta nuestra confianza en el Señor.

Por la lanza en su costado
brotó el río de pureza,
para lavar la bajeza
a que nos bajó el pecado.

Cristo, herida y manantial,
tu muerte nos da la vida,
gracia de sangre nacida
en tu fuente bautismal.

Sangre y agua del abismo
de un corazón en tormento:
un Jordán de sacramento
nos baña con el bautismo.

Y, mientras dura la cruz
y en ella el Crucificado,
bajará de su costado
un río de gracia y luz.

El Padre nos da la vida,
el Espíritu el amor,
y Jesucristo, el Señor,
nos da la gracia perdida. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Julio I, papa

San Julio nació en Roma; primer papa de este nombre, sucedió al pontífice san Marcos en el año 337. De su vida anterior nada se sabe. Dos hechos principales distinguieron su gestión pontifical: la defensa de la ortodoxia católica y la protección que dispensó a san Atanasio. Hacía ya doce años que el concilio de Nicea, convocado para resolver sobre la herejía de Arrio, había proclamado la unidad indivisible de la naturaleza de las tres personas divinas, expresándola con la palabra consustancial: Jesucristo es verdadero Dios con el Padre y el Espíritu Santo.
Aunque vencido, el arrianismo no pudo ser entonces extirpado, y aún después de la muerte de Arrio sus seguidores volvieron a conmover a la Iglesia con su doctrina. Para combatirla victoriosamente, salió a la lid san Atanasio, que había asistido al concilio de Nicea como diácono y, quien con el tiempo, sería uno de los grandes doctores de la Iglesia.
Al morir san Alejandro, lo sucedió como patriarca de Alejandría san Atanasio. Los herejes lo acusaron repetidamente ante el emperador y, a pesar de haberse demostrado en todas las ocasiones su inocencia, siguieron intrigando con el objeto de arrebatarle el cargo. Entonces Julio tomó sobre sí la causa de Atanasio.
En el año 340 los arrianos nombraron obispo de Alejandría a Gregorio de Capadocia, hombre atrevido, perseguidor cruel de los que profesaban la verdadera fe, tanto seglares como eclesiásticos. Atanasio fue expulsado de su sede y unos meses más tarde salió secretamente de la ciudad, dirigiéndose a Roma, a fin de solicitar la ayuda del Sumo Pontífice para detener aquella peligrosa doctrina. Después de recibirlo, el Pontífice celebró un concilio en Roma, en el año 341, al que negaron su concurrencia los herejes. En él se aprobó la actuación de Atanasio.
Imperaban entonces Constancio en Oriente y Constante en Occidente. Con la aprobación de este último que favorecía la ortodoxia, san Julio convocó un concilio ecuménico, es decir, universal, en Sárdica (la actual Sofía, capital de Bulgaria), en el año 343, el cual congregó a trescientos obispos de todas las provincias de la Iglesia de Occidente y setenta y seis de la de Oriente.
Presidido por Osio, español, obispo de Córdoba, y dos legados de la sede apostólica, el concilio de Sárdica condenó la herejía. Con esta sentencia y las cartas que el papa san Julio escribió a los prelados de Alejandría, volvió san Atanasio a su Iglesia, privándose, en consecuencia, de aquella silla al usurpador. San Julio hizo construir en Roma la basílica de San Valentín y la que se llamó basílica Julia, hoy iglesia de los Doce Apóstoles. Murió el 12 de abril del año 352.

Otros santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Zenón, Constantino, Damián, obispos; Sabas, Víctor, confesores; Lázaro, Menna, Juan, David, mártires; Visia, virgen y mártir; Florentino, abad.

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