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Lecturas del 13 de Noviembre del 2018 (Martes de la Semana 32)

SANTORAL: San Diego de San Nicolás

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2, 1-7a. 11-14

Querido hermano:
En cuanto a ti, debes enseñar todo lo que es conforme a la sana doctrina. Que los ancianos sean sobrios, dignos, moderados, íntegros en la fe, en el amor y en la constancia. Que las mujeres de edad se comporten como corresponde a personas santas. No deben ser murmuradoras, ni entregarse a la bebida. Que por medio de buenos consejos, enseñen a las jóvenes a amar a su marido y a sus hijos, a ser modestas, castas, mujeres de su casa, buenas y respetuosas con su marido. Así la Palabra de Dios no será objeto de blasfemia. Exhorta también a los jóvenes a ser moderados en todo, dándoles tú mismo ejemplo de buena conducta. Porque la gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y los deseos mundanos, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús. El se entregó por nosotros, a fin de librarnos de toda iniquidad, purificarnos y crear para sí un Pueblo elegido y lleno de celo en la práctica del bien.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 36, 3-4. 18 y 23. 27 y 29 (R.: 39a)

R. La salvación de los justos viene del Señor.

Confía en el Señor y practica el bien;
habita en la tierra y vive tranquilo:
que el Señor sea tu único deleite,
y él colmará los deseos de tu corazón. R.

El Señor se preocupa de los buenos,
y su herencia permanecerá para siempre.
El Señor asegura los pasos del hombre
en cuyo camino se complace. R.

Aléjate del mal, practica el bien,
y siempre tendrás una morada,
pero los justos poseerán la tierra
y habitarán en ella para siempre. R.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17, 7-10

El Señor dijo:
«Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando este regresa del campo, ¿acaso le dirá: “Ven pronto y siéntate a la mesa”? ¿No le dirá más bien: “Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después”? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: “Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber.”»

Palabra del Señor.

Reflexión

Este evangelio nos enfrenta con una realidad cotidiana de nuestra vida. No es que Jesús, en esta parábola, preste su aprobación a ese trato abusivo y arbitrario del empleador para quienes trabajan para él. Pero se sirve de una situación que se repite desde entonces hasta nuestros días para enseñarnos cuál debe ser nuestra disposición ante Dios.
Somos criaturas y Dios es el Creador. Desde nuestra existencia hasta la esperanza de la vida eterna, todo procede de Dios como un inmenso regalo. De ahí que el hombre siempre debe agradecer al Señor, y por más que lo sirva fielmente, no pasan sus acciones de ser una correspondencia incompleta a los dones de Dios.
El orgullo ante Dios no tiene sentido en el hombre. Lo que nos enseña Jesús en esta parábola, lo vemos hecho realidad en nuestra Madre, la Virgen, y en tantos santos. Ellos se hicieron servidores de Dios.
San Ambrosio nos dice: “No te creas más de lo que eres. Debes reconocer, sí, la gracia de ser Hijo de Dios. Pero no debes olvidarte de tu naturaleza, ni llenarte de soberbia por haber servido con fidelidad, ya que era tu deber.”
Los hombres no tenemos ningún derecho a hacer valer ante Dios. Los fariseos habían acabado por persuadirse que a fuerza de buenas obras, adquirían derechos sobre Dios, por sus propios méritos. Nosotros no debemos olvidar que sin mérito de nuestra parte, Dios nos ha dado la dignidad de hijos, pero somos simples instrumentos, simples siervos, que no debemos gloriarnos de nuestras obras ante Dios. Esas obras son sólo hacer lo que debemos hacer.
Somos como un pincel en manos del artista. Las obras que Dios quiere realizar con nuestra vida deben ser atribuidas al Artista y no al pincel. La gloria del cuadro pertenece al pintor. El pincel, si tuviera vida, tendría la alegría de haber colaborado con el autor del cuadro, pero no tendría sentido que pretendiese el mérito de la obra.
Si somos humildes. deberíamos pedir siempre al Señor las gracias y ayudas necesarias para cada obra que iniciamos. Ser humildes significa depositar nuestra confianza en el Señor.
Nos despedimos con una imagen de la Madre Teresa de Calcuta que nos dice:
Siempre digo que soy un pequeño lapiz en las manos de Dios. Él piensa y escribe. Él lo hace todo. Y a veces es realmente difícil. A veces su lápiz no tiene punta y Él tiene que sacarle la punta nuevamente. Traten todos de convertirse en un pequeño instrumento en sus manos, para que Él pueda usarlos cuando quiera y donde quiera. Para ello es suficiente decirle SI. Digámosle también nosotros sí a Dios

Vengo, Señor, cansado;
¡cuánta fatiga
van cargando mis hombros
al fin del día!
Dame tu fuerza
y una caricia tuya
para mis penas.
Salí por la mañana
entre los hombres,
¡y encontré tantos ricos
que estaban pobres!
La tierra llora,
porque sin ti la vida
es poca cosa.
¡Tantos hombres maltrechos,
sin ilusiones!
en ti buscan asilo
sus manos torpes.
Tu amor amigo,
todo tu santo fuego,
para su frío.
Yo roturé la tierra
y puse trigo;
tú diste el crecimiento
para tus hijos.
Así, en la tarde,
con el cansancio a cuestas,
te alabo, Padre.
Quiero todos los días
salir contigo,
y volver a la tarde
siendo tu amigo.
Volver a casa
y extenderte las manos,
dándote gracias. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Diego de San Nicolás

Dios se sirve de los pequeños para hacer cosas grandes. Tal es el caso de san Diego, que fue humilde como el santo de Asís. Nació a fines del siglo XIV, en San Nicolás del Puerto (Sevilla). De familia pobrísima, siendo todavía muy joven llevó vida retirada junto a un pariente suyo, que desde tiempo atrás hacía profesión de eremita. Ambos rezaban en un pequeña capilla abandonada en aquella soledad. En la intimidad con la naturaleza, su corazón gozoso se dio a la oración. Meditó la crucifixión de Cristo. Se sostenía de limosnas, sacrificándose hasta compartir un mendrugo con los hambrientos. Otras veces vendía leña que recogía en el bosque y el dinero lo daba a los necesitados. Leyendo la vida de san Francisco de Asís, se enamoró de la humildad y la pobreza, y pidió ingresar como hermano lego en el convento franciscana de Arrizafa, cerca de Córdoba, donde se destacó por su humildad y obediencia. Aunque no poseía ninguna instrucción, dio muestras de gran sabiduría acerca de las cosas sobrenaturales, por inspiración del cielo. Más tarde fue enviado a las islas Canarias. El espíritu de pobreza, mortificación y caridad que caracterizó al “Poverello”, resplandecía ahora en él. Conquistó infieles con su proverbial paciencia y amor. En 1449 regresó a su patria. Un año después, como peregrino, se encaminó a Roma y lo hizo a pie. Asistió a la canonización de san Bernardino de Siena. El Papa Nicolás V le encargó que se ocupara de los enfermos del monasterio de Santa María de Araceli. Poseía el don de los milagros y los que no tenían salud sanaban por su intervención. Dejó Roma y por segunda vez retornó a su patria. Se estableció en Alcalá de Henares, allí como en todas partes, supo encontrar a Dios en la caridad y la obediencia. En los últimos años de su vida, pasaba días enteros en oración. Profesaba gran devoción por María, la madre de Jesús.

Otras celebraciones de hoy: Santos: Leandro, obispo; Estanilao de Kostka, Arcadio, Pascasio, Probo, Eutiquiano, Pablito niño, Homobono, confesores; Nicolás I, papa; Valentín, Soluto, Víctor, mártires; Eugenio, Florido, obispos; Leoniano, Pascasio, Donato, Everardo, Marcos, abades; Francisca Javier Cabrini, fundadora.

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Vicaría de San Buenaventura

La Vicaría Pastoral Territorial de San Buenaventura es una de las cuatro vicarías que conforman la Diócesis de Cuautitlán, comprende mayormente parroquias ubicadas en los municipios de Melchor Ocampo, Cuautitlán, Tultepec y Tultitlán en el Estado de México.

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