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Lecturas del 14 de Noviembre del 2018 (Miércoles de la Semana 32)

SANTORAL: San Serapio

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 3, 1-7

Querido hermano:
Recuerda a todos que respeten a los gobernantes y a las autoridades, que les obedezcan y estén siempre dispuestos para cualquier obra buena. Que no injurien a nadie y sean amantes de la paz, que sean benévolos y demuestren una gran humildad con todos los hombres. Porque también nosotros antes éramos insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de los malos deseos y de toda clase de placeres, y vivíamos en la maldad y la envidia, siendo objeto de odio y odiándonos los unos a los otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo. Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1)

R. El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.

El Señor es mi pastor,
nada me puede faltar.
El me hace descansar en verdes praderas,
me conduce a las aguas tranquilas
y repara mis fuerzas. R.

Me guía por el recto sendero,
por amor de su Nombre.
Aunque cruce por oscuras quebradas,
no temeré ningún mal,
porque tú estás conmigo:
tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

Tú preparas ante mí una mesa,
frente a mis enemigos;
unges con óleo mi cabeza
y mi copa rebosa. R.

Tu bondad y tu gracia me acompañan
a lo largo de mi vida;
y habitaré en la Casa del Señor,
por muy largo tiempo. R.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!»
Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes.» Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano.
Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?» Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado.»

Palabra del Señor.

Reflexión

En este pasaje, no nos vamos a detener en el milagro, sino en el agradecimiento de un extranjero, un samaritano y la ingratitud de los otros nueve curados, israelitas todos ellos. Los diez leprosos tuvieron fe en Jesús porque le gritaron: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Y Jesús no los rechaza, realiza el milagro, devolviéndoles una vida normal. Siguen creyendo en Jesús cuando los manda a presentarse a los sacerdotes y van. Pero quedan curados y sólo el samaritano, que por cierto los superaba en fe, regresa a Jesús agradecido alabando a Dios. A Jesús le molestó la falta de agradecimiento de los otros nueve, y en cambio le agradó la fe agradecida del extranjero.

Y entonces Jesús le dijo: “Vete: tu fe te ha salvado”.

Jesús le da la gracia de una gran curación y liberación, le da como premio a su fe una curación integral física y espiritual.

Hoy nosotros, cristianos, tal vez nos creemos con derechos y privilegios por estar bautizados, por estar en la Iglesia, y sin embargo, cuántas veces somos desagradecidos a los dones del Señor. Muchas veces, personas alejadas de Dios, pero sin embargo personas de buena voluntad, son mucho más agradecidos, cuando se encuentran con Dios. No seamos nosotros como los leprosos, todos ellos judíos y probablemente cumplidores de las leyes, y sin embargo con tan poca delicadeza para agradecer a Dios. No seamos ingratos, indiferentes a los regalos que nuestro Padre nos hace cada día, sobre todo a esos regalos que nos hace por medio de Cristo, su Hijo. El perdón de los pecados y la vida nueva que nos regala en el sacramento de la reconciliación. Jesús mismo que se nos regala en la Eucaristía, no pueden pasar inadvertidos para nosotros: NO podemos no dar gracias por esos regalos.

Pidamos a María que nos enseñe a ser agradecidos a Dios por los dones que recibimos y así poder trasmitir aliento y optimismo a los que nos rodean.

Gracias, Señor, por el día,
por tu mensaje de amor
que nos das en cada flor;
por esta luz de alegría,
te doy las gracias, Señor.

Gracias, Señor, por la espina
que encontraré en el sendero,
donde marcho pregonero
de tu esperanza divina;
gracias, por ser compañero.

Gracias, Señor, porque dejas
que abrase tu amor mi ser;
porque haces aparecer
tus flores a mis abejas,
tan sedientas de beber.

Gracias por este camino,
donde caigo y me levanto,
donde te entrego mi canto
mientras marcho peregrino,
Señor, a tu monte santo.

Gracias, Señor, por la luz
que ilumina mi existir;
por este dulce dormir
que me devuelve a tu cruz.
¡Gracias, Señor, por vivir! Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Serapio

Londres lo vio nacer en 1168. Desde pequeño, mostró gran piedad y una decidida inclinación religiosa. En su edad juvenil manifestó fervientes deseos de contribuir a la liberación de Tierra Santa, en poder de los infieles. Su padre, que era general del ejército inglés y estaba emparentado con la familia real, prometió llevarlo consigo, y en el año 1190 marchó con el rey Ricardo Corazón de León a Palestina. Allí dio Serapio singulares muestras de valor y de intensa piedad, actuando decididamente en las batallas y socorriendo a los cristianos que sufrían en la esclavitud. Años después, ya muertos sus padres, se dirigió a España para servir al rey don Alfonso VIII de Castilla en la guerra contra los sarracenos. Tan relevantes fueron sus virtudes y méritos, que el monarca lo nombró su consejero, prosiguiéndose la guerra hasta el triunfo final. Después de otra incursión a Palestina, donde luchó contra las huestes de Conradino, hijo del gran soldán de Egipto, volvió nuevamente a España para combatir contra los moros al lado de los reyes Fernando de Castilla y Jaime I de Aragón. Resolvió más tarde retirarse a la soledad y, habiendo conocido en Barcelona a san Pedro Nolasco, el glorioso fundador, ingresó en la orden de los mercedarios, fundada para la redención de cautivos, profesando los tres votos de castidad, obediencia y pobreza, y el cuarto, de quedarse en rehenes si fuese necesario para liberar a aquellos. En el ejercicio de este nuevo ministerio desempeñó con eficacia numerosas misiones. En aquel tiempo la isla de Mallorca estaba ocupada por los moros y desde allí partían navíos que asolaban las costas de Cataluña y apresaban las embarcaciones cristianas en el mar. Cuando el rey don Jaime partió con una armada contra aquella isla, Serapio se unió a la expedición y cooperó brillantemente a su conquista. Después partió hacia el archipiélago británico, con el objeto de propagar la fe en Inglaterra, Escocia e Irlanda, pero el barco en que viajaba fue apresado por los piratas sarracenos. Conocida su condición de sacerdote cristiano, fue atado a un poste y bárbaramente azotado, hasta que, considerándolo muerto, lo arrojaron desnudo a un arenal de las costas de Inglaterra. Al tener noticia de su llegada, Alejandro, rey de Escocia, lo llamó a su lado, encargándole diversas misiones, que Serapio cumplió satisfactoriamente, hasta que recibió una carta de san Pedro Nolasco, quien le pedía que se restituyera a España. Al volver, realizó algunas redenciones, una de ellas en Murcia, donde liberó a noventa cautivos. Más tarde, en Argel, no pudiendo redimir a todos por falta de dinero, determinó quedarse él como rehén, con lo que dio comienzo su martirio; predicando públicamente la doctrina de Cristo y oponiéndose a la religión de Mahoma, fue apaleado y torturado, hasta que entregó la vida, el 14 de noviembre de 1240.

Otras celebraciones de hoy: Santos: José Pignatelli, Adeltrudis, Alberico, Andrónico, confesores; Antigio, Hipapcio, Jocundo, Vitón, Venerando, obispos; Clementino, Teódoto, Filomeno, Demetrio, mártires; Trahamunda de Pontevedra.

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