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Lecturas del 16 de Abril del 2018 (Lunes de la Tercera Semana de Pascua)

SANTORAL: San Benito José Labre

Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y signos en el pueblo. Algunos miembros de la sinagoga llamada «de los Libertos», como también otros, originarios de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de la provincia de Asia, se presentaron para discutir con él. Pero como no encontraban argumentos, frente a la sabiduría y al espíritu que se manifestaba en su palabra, sobornaron a unos hombres para que dijeran que le habían oído blasfemar contra Moisés y contra Dios. Así consiguieron excitar al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y llegando de improviso, lo arrestaron y lo llevaron ante el Sanedrín. Entonces presentaron falsos testigos, que declararon: «Este hombre no hace otra cosa que hablar contra el Lugar santo y contra la Ley. Nosotros le hemos oído decir que Jesús de Nazaret destruirá este Lugar y cambiará las costumbres que nos ha transmitido Moisés.» En ese momento, los que estaban sentados en el Sanedrín tenían los ojos clavados en él y vieron que el rostro de Esteban parecía el de un ángel.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 118, 23-24. 26-27. 29-30 (R.: 1)

R. Felices los que siguen la ley del Señor.

Aunque los poderosos se confabulen contra mí,
yo meditaré tus preceptos.
Porque tus prescripciones son todo mi deleite,
y tus preceptos, mis consejeros. R.

Te expuse mi conducta y tú me escuchaste:
enséñame tus preceptos.
Instrúyeme en el camino de tus leyes,
y yo meditaré tus maravillas. R.

Apártame del camino de la mentira,
y dame la gracia de conocer tu ley.
Elegí el camino de la verdad,
puse tus decretos delante de mí. R.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 6, 22-29

Después de que Jesús alimentó a unos cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la multitud que se había quedado en la otra orilla vio que Jesús no había subido con sus discípulos en la única barca que había allí, sino que ellos habían partido solos.
Mientras tanto, unas barcas de Tiberíades atracaron cerca del lugar donde habían comido el pan, después que el Señor pronunció la acción de gracias. Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello.»
Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado.»

Palabra de Dios.

Reflexión

Como la gente no vió ni a Jesús ni a sus discípulos, volvieron a Cafarnaún y preguntaron: Maestro, ¿cuando has llegado aquí? Esta pregunta, da ocasión a un largo discurso, que se hace por momentos un diálogo entre Jesús, la gente y los mismos discípulos. Jesús les dice: En verdad les digo que ustedes no me buscan por haber visto señales, sino por el pan que comieron hasta saciarse.

San Juan nos señala acá que la gente buscaba a Jesús porque intuía en Él algo grande. Pero el motivo por el que lo buscaban era todavía mezquino, ya que iban detrás de un interés material. Por eso el Señor comienza su discurso con un suave reproche destinado a purificar la intención de los oyentes. Esas personas, que vieron a Jesús hacer el milagro de la multiplicación de los panes y que quisieron hacerlo rey por la fuerza, necesitaban que Jesús les aclarara la verdadera finalidad de ese milagro obrado entre ellos. Si el Señor multiplicó los panes fue para hacerlos crecer en la fe, y no por ninguna motivación humana y menos aún la de hacerse rey como ellos querían.

Estas palabras del Señor, son también para nosotros, que contemplamos señales de Dios para aumentar nuestra fe, y que también como esos judíos, necesitamos purificar nuestra intención para ver, lo que Dios quiere realmente que veamos y no lo que a nosotros se nos ocurre.

Les dice Jesús luego: Afánense no por la comida de un día, sino por otra comida que permanece y con la cual uno tiene vida eterna.

Poco a poco, Jesús va introduciendo a sus oyentes en una nueva revelación, la de la Eucaristía. El verdadero Pan de Vida que el Hijo nos da. Jesús presente en la Eucaristía, se nos da como verdadero Pan de Vida, como el alimento que permanece.

La fe nos hace aptos para creer en el increíble regalo de amor de Jesús. Cristo quiso quedarse con nosotros para alimentarnos todos los días de nuestra vida. Se quedó en la Eucaristía, se quedó bajo la apariencia de pan, para que nosotros comamos y tengamos Vida.

Durante este tiempo pascual, vamos a pedirle al Señor que cada vez que acudamos a recibirlo lo hagamos con fe. Que nunca nos sea indiferente recibirlo. Y vamos a pedirle a María, que nos ayude en este tiempo a acudir a una buena confesión, para poder recibir a Jesús con un corazón puro.

Gracias, Señor, por la aurora;
gracias, por el nuevo día;
gracias, por la Eucaristía;
gracias, por nuestra Señora:

Y gracias, por cada hora
de nuestro andar peregrino.

Gracias, por el don divino
de tu paz y de tu amor,
la alegría y el dolor,
al compartir tu camino.

Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Benito José Labre

Nacido en Amettes (Francia), en la diócesis de Boulogne-sur-Mer, el 26 de marzo de 1784, Benito José Labre era el mayor de quince hermanos de un hogar de la clase media. Su padre era librero. A los cinco años de edad concurrió a la escuela local y a los doce fue enviado a casa de un tío suyo, párroco de Erin, para proseguir sus estudios.
Tenía dieciséis años cuando, al morir su tío en una epidemia de cólera, regresó a la casa paterna. Dos años más tarde, sintiéndose inclinado a la vida religiosa, intentó ingresar en la trapa, la austera orden cisterciense, pero fue rechazado porque no alcanzaba la edad reglamentaria. Lo mismo le ocurrió cuando quiso entrar en la orden de los cartujos.
A pesar de estos fracasos, persistió en sus intentos, logrando al fin ser aceptado. Tres veces comenzó el noviciado, dos en diferentes cartujas y una en la trapa de Sept-Fons, de las que salió, convencido de que no estaba hecho para vivir en comunidad.
Comienza a los veintidós años la vida de peregrino. Desde Italia escribe a sus padres una última carta de despedida. Viaja a pie, pidiendo limosna, decidido a practicar en el mundo las enseñanzas de Jesucristo. El dinero que le dan y parte de los alimentos que consigue, los regala a los pobres. Duerme en el suelo, al aire libre, con una piedra o madero por almohada. Cuando encuentra una iglesia, pasa el día entero orando en ella. Viste harapos; ese aspecto miserable hace que la gente lo rehuya. De este modo visitó los santuarios principales de Europa: el de Loreto, el de Asís y las basílicas más famosas de Roma. De allí se dirigió a Nápoles; después a San Nicolás de Bari y por segunda vez a Roma.
En España visitó el santuario de la Virgen de Montserrat, la cueva de Manresa y Santiago de Compostela. Sus peregrinaciones lo llevaron a Alemania y a Suiza; en este último país, el célebre santuario de la Virgen de Einsiedeln. A partir del 1777 dejó de peregrinar; se quedó definitivamente en Italia. Anualmente llagaba al santuario de Loreto.
En estos viajes nunca cambió su modo de vida. Se sostenía de limosnas y muchas veces se alimentaba con lo que los demás tiraban. Cuando no tenía qué comer, se iba al templo a rezar.
Con frecuencia recibió insultos y golpes. Su aspecto andrajoso hacía que lo tomasen por un malhechor. Cuando había un reparto de comida, él siempre era el último, y pasaba días sin probar bocado. Pero aquello no le preocupaba. Lo importante era tener un lugar donde orar y sumirse en la contemplación, sobre todo del santísimo sacramento.
En 1783, un miércoles santo, al salir de la iglesia de Santa María del Monte, cayó al suelo, desmayado. Llevado a una casa de las proximidades, se comprobó que se hallaba en agonía. Era el 16 de abril. Tenía treinta y cinco años de edad.

Otros santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Toribio de Liébana, Fructuoso, obispos; Lamberto, Calixto, Cayo, Cremencio, Carisio, Irene, Leónidas, Baudilio, Urbano, mártires; Joaquín, confesores; Magno, conde; Engracia, virgen y mártir; 18 mártires de Zaragoza; María Bernarda Soubirous, virgen.

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