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Lecturas del 24 de febrero del 2013 (Viernes de la Séptima Semana)

SANTORAL: San Roberto Southwell

Lectura del libro del Eclesiástico 6, 5-17

Las palabras dulces multiplican los amigos y un lenguaje amable favorece las buenas relaciones. Que sean muchos los que te saludan, pero el que te aconseja, sea uno entre mil. Si ganas un amigo, gánalo en la prueba, y no le des confianza demasiado pronto. Porque hay amigos ocasionales, que dejan de serlo en el día de tu aflicción. Hay amigos que se vuelven enemigos, y para avergonzarte, revelan el motivo de la disputa. Hay amigos que comparten tu mesa y dejan de serlo en el día de la aflicción. Mientras te vaya bien, serán como tú mismo y hablarán abiertamente con tus servidores; pero si te va mal, se pondrán contra ti y se esconderán de tu vista. Sepárate de tus enemigos y sé precavido con tus amigos. Un amigo fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio, no hay manera de estimar su valor. Un amigo fiel es un bálsamo de vida, que encuentran los que temen al Señor. El que teme al Señor encamina bien su amistad, porque como es él, así también será su amigo.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 118, 12 y 16. 18 y 27. 34-35 (R.: 35a)

R. Condúceme, Señor, por la senda de tus mandamientos.

Tú eres bendito, Señor:
enséñame tus preceptos.
Mi alegría está en tus preceptos:
no me olvidaré de tu palabra. R.

Abre mis ojos,
para que contemple las maravillas de tu ley.
Instrúyeme en el camino de tus leyes,
y yo meditaré tus maravillas. R.

Instrúyeme, para que observe tu ley
y la cumpla de todo corazón.
Condúceme por la senda de tus mandamientos,
porque en ella tengo puesta mi alegría. R.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 10, 1-12

Jesús fue a la región de Judea y al otro lado el Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más. Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?.» El les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?.» Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella.»

Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.»

Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. El les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio.»

Palabra del Señor.

Reflexión

Jesús en este evangelio, hace una verdadera llamada a favor de la indisolubilidad del matrimonio. La unión matrimonial, transforma a un hombre y una mujer, en compañeros de eternidad. El Señor dice: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Los fariseos, no discutían el derecho al divorcio, ellos discutían solamente sobre cuales podían ser las razones suficientes para que un hombre pudiera despedir a su mujer. Algunos creían que podían hacerlo por cualquier causa, otros, que tenía que haber una falta grave por parte de la mujer. Los fariseos daban por descontado que el varón tenía derecho y punto. Y efectivamente en el Deuteronomio, está establecida la ley sobre el divorcio. Allí, para que un hombre pueda despedir a su mujer, no se exige más que la escritura de un documento, para que así conste que la mujer ya es libre. Cuando le preguntan a Jesús, el Señor volvió a asentar firmemente el plan original de Dios para el matrimonio: un solo hombre casado con una sola mujer, para toda la vida. Ésta es la voluntad de Dios y ya aparece en el libro del Génesis.

Y el Señor, no niega que el divorcio haya sido tolerado en el Antiguo Testamento. Y les explica la razón. Moisés lo toleró por la dureza del corazón. Esa dureza del corazón que hace que el hombre se niegue a obedecer la voluntad de Dios. La ley de Moisés no presenta en nada el ideal, trata de administrar una situación de bancarrota, para evitar mayores injusticias aún, pero no se trata de lo que Dios quiso cuando creó al hombre y a la mujer.

La intención de Dios es que el hombre y la mujer se unan por amor en el matrimonio, de modo que ya no sean dos personas, sino una sola. La unión de los esposos no es una unión sólo a nivel genital, tiene que ser una unión en todos los niveles de la vida en común. En una unión de esa clase, no queda lugar para pensar en el divorcio. Donde los fariseos hablan de las causas de divorcio, Jesús habla de la FUERZA del AMOR que une.

Vamos a pedirle hoy al Señor, que conceda a los jóvenes que van a unirse en matrimonio, la convicción que ese matrimonio que van a constituir, es para toda la vida, que piensen en el paso que van a dar, que no tomen decisiones a la ligera. Que pidan siempre la ayuda del Señor para no equivocarse, y que sean conscientes que van a tener que luchar para conservar ese amor. Y vamos a pedirle hoy también por los esposos cristianos para que sepan ver a Dios en medio de ellos. Por que en el sacramento del matrimonio, el Señor está en medio de los esposos. A veces no lo reconocemos. Pidámosle al Señor que ayude a los esposos a resolver todos los conflictos que la convivencia trae y a mantener puro su amor.

Mirad qué aposentadores
tuvo la divina cámara:
verdín por tapicerías
y por cortinajes zarzas.

Pobre, desnudo, sin fuego,
quien fuegos nos abasta,
está aquí el Niño. Un pesebre
de humildes bestias por cama.

Ved, puro Amor, que sois fuego
y estáis sobre un haz de pajas.
La Virgen, llanto en los ojos:
a incendio tal, tales aguas.

José, que goza y que gime
agridulces de naranja,
riéndose ya ha quedado
dormido bajo su capa. Amén.

SANTORAL: San Roberto Southwell

Padeció martirio en el año 1595. Juntamente con él recordamos a veinte sacerdotes jesuitas más, todos ellos ingleses, quienes sufrieron idéntica muerte entre los años 1594 y 1679. Roberto, nació en 1561 en Norfolk, en el seno de una familia noble y rica. enviado a Francia, estudió en Douai y luego en París. Ingreso en Roma en la Compañía de Jesús. En 1586, ya ordenado sacerdote, regresó a su país. Conocía los peligros a los que lo exponía su predicación en Inglaterra, por lo cual cambiaba constantemente de lugar y muchas veces tuvo que disfrazarse para escapar a los esbirros de la reina. Durante dos años estuvo escondido en casa de la condesa Ana de Arundel, dama católica, y salía de su escondite por la noche para continuar con su apostolado. En el palacio de sus benefactores instaló una imprenta clandestina, con la cual editó artículos y poesías a fin de llevar algún aliento espiritual a los católicos. Finalmente, se hallaba en casa de la familia Bellamy, ejerciendo su ministerio, cuando lo delataron a las autoridades. Fue llevado a prisión. El proceso se inició el 20 de febrero de 1595. Enorme cantidad de público se había congregado en las inmediaciones del tribunal. Fue acusado de ser sacerdote jesuita y haberse levantado en rebelión contra la reina. El padre Southwell confesó pertenecer a la compañía de Jesús, dando gracias a Dios por ello; pero negó todo intento de rebeldía contra la soberana. Sólo quería servir a Dios y a las almas. La acusación se centró entonces en el verdadero motivo: el padre Southvell obedecía antes al papa que a la reina. El acusado respondió que no negaba acatamiento a la reina en lo temporal. “Dad al César -dijo- lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Ciego de cólera lo condenaron a muerte. “Gracias, señores -dijo el mártir- me habeis dado la mejor noticia”. Conducido al patíbulo, contempló sonriente la horca, y ya puesto en ella dirigió la palabra al público allí apiñado, reiterando su respeto a la reina y haciendo profesión de fe católica, “por la que -dijo- estoy dispuesto a morir mil veces”.

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