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Lecturas del 4 de Marzo del 2019 (Lunes de la Octava Semana)

SANTORAL: San Casimiro

Lectura del libro del Eclesiástico 17, 24-29

A los que se arrepienten, les permite volver y reconforta a los que perdieron la constancia.
Vuelve al Señor y deja de pecar, suplica ante su rostro y deja de ofenderlo. Vuelve al Altísimo, apártate de la injusticia y odia profundamente toda abominación.
¿Quién alabará al Altísimo en el Abismo, si los vivientes no le rinden homenaje? El muerto, el que ya no existe, deja de alabarlo: el que está vivo y sano debe alabar al Señor.
¡Qué grande es la generosidad del Señor y su perdón para los que vuelven a él!

Palabra de Dios.

SALMO Sal 31,1-2. 5. 6. 7 (R.: 11a)

R. ¡Alégrense en el Señor, regocíjence, los justos!

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado
y liberado de su falta!
¡Feliz el hombre a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez! R.

Pero yo reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando: «Confesaré mis faltas al Señor.»
¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado! R.

Por eso, que todos tus fieles te supliquen
en el momento de la angustia;
y cuando irrumpan las aguas caudalosas
no llegarán hasta ellos. R.

Tú eres mi refugio,
tú me libras de los peligros
y me colmas con la alegría de la salvación. R.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 10, 17-27

Cuando Jesús se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»
Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre.»
El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.»
Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.» El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!» Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios.»
Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros:
«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»
Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible.»

Palabra del Señor.

Reflexión

Un hombre viene corriendo y pregunta a Jesús: qué debe hacer para alcanzar la Vida eterna. El hombre no lleva nombre. Ese hombre nos representa a todos nosotros. En el fondo del alma, cualquiera de nosotros se ha preguntado en algún momento: ¿Qué debemos hacer para que no se nos escape la vida? ¿Qué debemos hacer para llegar a ser plenamente felices, y para siempre?

Y el Señor nos contesta a nosotros como al joven de hoy, que cumplamos los mandamientos. Esos mandamientos de Dios, que son una manifestación de su amor para encaminarnos hacia la plenitud de la vida.

Jesús remite al joven a algo que ya sabe, porque está inscrito en el corazón: el amor a los demás y por eso el Señor le recuerda solamente aquellos mandamientos que se refieren al prójimo. Y lo hace así porque quiere que “lleguemos al cielo” y que lo hagamos viviendo nuestra vida de todos los días de cara a Dios. Cuando el joven, le contesta al Señor, que eso ya lo había hecho siempre, Jesús le confirma que existe “algo más” para alcanzar mayor perfección y que todavía le falta: saber compartir con los demás todo lo que tiene y hacerse su discípulo. Jesús le ofrece un maravilloso trueque: renunciar a toda aparente seguridad de este mundo, y confiar plenamente en la bondad y providencia de Dios. Pero el joven no logra aceptar este intercambio… Se retira entristecido y apenado.

Contrasta el entusiasmo y la alegría con que el hombre vino corriendo hacia Jesús, con la tristeza con que se aleja. El enemigo más común de la alegría cristiana –que impide descubrir el gran tesoro del Evangelio-, es el apego al dinero y todo el mundo que lo rodea. En el fondo, este hombre “no era libre”.

Cuando nuestro corazón está apegado a las cosas del mundo, nos quita nuestra libertad y la posibilidad de entrar en el Reino de Dios. Todos, en mayor o menor grado, tenemos el corazón apegado a algo. No siempre se trata de grandes riquezas, a veces nos aferramos “a lo poco” que tenemos y otras “a la ambición de tener más”.

El Señor hoy nos mira a cada uno de nosotros con el mismo amor con que miró a este joven, y nos llama a nosotros como a Él a seguirlo, pero con un corazón desprendido de las cosas del mundo.

Dichosos los que oísteis la llamada
al pleno seguimiento del Maestro,
dichosos cuando puso su mirada
y os quiso para amigo y compañero.

Dichosos si abrazasteis la pobreza
para llenar de Dios vuestras alforjas,
para seguirle a él con fortaleza,
con gozo y con amor a todas horas.

Dichosos mensajeros de verdades,
marchando por caminos de la tierra,
predicando bondad contra maldades,
pregonando la paz contra las guerras.

Dichosos, del perdón dispensadores,
dichosos, de los tristes el consuelo,
dichosos, del los hombres servidores,
dichosos, herederos de los cielos. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Casimiro

Casimiro, cuyo nombre significa “el que enseña paz”, acababa de cumplir quince años de edad y ya era diestro jinete; aprendía historia y estudiaba lenguas clásicas. Y aunque también fue en busca de la filosofía y gustó en especial de la poesía, sobre todo sentía devoción por Cristo crucificado. Polonia amaba a su principe, que comprendía los sufrimientos de su pueblo, otorgaba limosnas y consolaba a los afligidos. Protector de huérfanos, sabio en el don de restañar las enfermedades del espíritu, lo llamaban “el padre de los pobres”.
Así fue la vida de este príncipe hasta cumplir los veinticuatro años de edad. Pero un día desapareció de las iglesias, de las calles, de los asilos, de las cárceles. En el castillo Casimiro moría. Las mujeres rezaban. “Te han robado la alegría y nos la has robado”, decía una de las plegarias que oraban por él.
Casimiro, príncipe de Polonia, duque de Lituania y rey electo de Hungría, sólo ansió un reino: el celestial. Su breve principado tuvo un fin: transmitir la fe; instruir en la doctrina de Cristo a todos sus hermanos polacos. Murió el 4 de marzo de 1484 en Gardinas (actual Grodno), pero su cuerpo fue enterrado en Vilna, capital de Lituania. Fue canonizado por el papa León X en 1512 y, desde entonces, se lo reconoce como patrono de Lituania y de Polonia. Se lo representa con una corona, un cetro a los pies y un lirio en la mano.
A través de los años y bajo la opresión política de diversas naciones, los polacos y los lituanos han emigrado a otros países, llevando consigo y extendiendo el culto de san Casimiro. En 1943, Pio XII lo proclamó patrono de la juventud lituana “en cualquier parte del mundo en que ésta se encuentre”. En 1953, la catedral de Vilna fue transformada en museo. Los restos del santo se encuentran actualmente en una parroquia de los suburbios de la capital.
Felices las épocas en las que en los palacios y en las clases gobernantes florece un santo. Los libros piadosos predican: “Nadie puede excusarse con razón diciendo que por su condición y oficio no puede santificarse y servir al Señor. No busquéis los santos en los monasterios; los encontraréis en los palacios, en las cárceles, en los cuarteles, en los talleres y en los más insólitos lugares. Sed humildes y vuestros propósitos de enmienda os conducirán a la santidad”.

Otras Celebraciones de hoy: Santos: Casimiro, confesor; Lucio I, papa; Basilio, Eugenio, Agatodoro, Eterio, Capitón, Elpidio, Efrén, Néstor, Arcadio, obispos; Cayo, Cirilo, Focio, Arquelao, Cuadrado, Acacio, Quirino, mártires; Adrián, obispo y mártir.

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