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Lecturas del 6 de Julio del 2017 (Jueves de la Semana 13)

SANTORAL: Santa María Goretti

Lectura del libro del Génesis 22, 1-19

Dios puso a prueba a Abraham. «¡Abraham!», le dijo.
El respondió: «Aquí estoy.»
Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que yo te indicaré.»
A la madrugada del día siguiente, Abraham ensilló su asno, tomó consigo a dos de sus servidores y a su hijo Isaac, y después de cortar la leña para el holocausto, se dirigió hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día, alzando los ojos, divisó el lugar desde lejos, y dijo a sus servidores: «Quédense aquí con el asno, mientras yo y el muchacho seguimos adelante. Daremos culto a Dios, y después volveremos a reunirnos con ustedes.»
Abraham recogió la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; él, por su parte, tomó en sus manos el fuego y el cuchillo, y siguieron caminando los dos juntos. Isaac rompió el silencio y dijo a su padre Abraham: «¡Padre!»
El respondió: «Sí, hijo mío.»
«Tenemos el fuego y la leña, continuó Isaac, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?»
«Dios proveerá el cordero para el holocausto», respondió Abraham. Y siguieron caminando los dos juntos.
Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Angel del Señor lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!»
«Aquí estoy», respondió él.
Y el Angel le dijo: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único.»
Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a ese lugar: «El Señor proveerá», y de allí se origina el siguiente dicho: «En la montaña del Señor se proveerá.»
Luego el Angel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: «Juro por mí mismo -oráculo del Señor- : porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz.
Abraham regresó a donde estaban sus servidores. Todos juntos se fueron a Berseba, y Abraham residió allí.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: 9)

R. Caminaré en la presencia del Señor,
en la tierra de los vivientes.

Amo al Señor, porque él escucha
el clamor de mi súplica,
porque inclina su oído hacia mí,
cuando yo lo invoco. R.

Los lazos de la muerte me envolvieron,
me alcanzaron las redes del Abismo,
caí en la angustia y la tristeza;
entonces invoqué al Señor:
«¡Por favor, sálvame la vida!» R.

El Señor es justo y bondadoso,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor protege a los sencillos:
yo estaba en la miseria y me salvó. R.

El libró mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas y mis pies de la caída.
Yo caminaré en la presencia del Señor,
en la tierra de los vivientes. R.

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 1-8

Jesús subió a la barca, atravesó el lago y regresó a su ciudad. Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados.»
Algunos escribas pensaron: «Este hombre blasfema.»
Jesús, leyendo sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal? ¿Qué es más fácil decir: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados -dijo al paralítico- levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.»
El se levantó y se fue a su casa.
Al ver esto, la multitud quedó atemorizada y glorificaba a Dios por haber dado semejante poder a los hombres.

Palabra del Señor.

Reflexión

Los pasajes del Evangelio de las misas de esta semana nos hablan del poder de Jesús. En primer término nos muestran el poder que el Señor tiene sobre los elementos de la naturaleza: Hace dos días, en el evangelio de la tempestad calmada vimos el dominio de Jesús sobre el viento, el mar, las tormentas. Ayer, el pasaje de la curación de los endemoniados de Gadara nos mostraba la autoridad del Señor para expulsar los demonios de la gente.

En el Evangelio de hoy se nos habla del poder supremo de Jesucristo de perdonar los pecados, que es exclusivo de la divinidad. La preocupación principal de Jesús es curar el alma, más que la curación del cuerpo. Cuando en sus milagros cura también el cuerpo, lo hace para que quienes son curados vivan en mayor plenitud la salud espiritual.

Este evangelio nos está diciendo que nosotros debemos confiar en la bondad del Señor. Dios no es con nosotros, ahora, menos compasivo y misericordioso que lo fue antes con quienes lo seguían. También a nosotros nos dice lo mismo que al pobre paralítico: «¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!» Nuestra confianza en su poder de perdonar y en su bondad es la que posibilita el perdón de Dios.

Jesús perdona los pecados. En el Antiguo Testamento se describe el perdón de los pecados como un don mesiánico. Para eso vino el Mesías al mundo: Para alcanzarnos el perdón… Para transmitirnos el perdón del Padre, ya que, como dice Isaías: “no es demasiado corta la mano de Yahvéh para salvar, ni es duro su oído para oír”.

El perdón de los pecados es un hecho que externamente los que lo presencian no lo pueden constatar. Por eso algunos escribas y fariseos murmuraban, desconfiando que el Señor tuviese poder para realmente hacer lo que decía. Jesús, que conoce sus intenciones los increpa preguntándoles: ¿por que piensan mal? Y entonces hace el milagro de curar también la parálisis de ese hombre, para que los incrédulos, crean.

El poder de perdonar los pecados pertenece propiamente a Jesús. Cristo habla en este pasaje del Evangelio con autoridad propia. Pero Jesús ha querido hacer participes del poder de perdonar los pecados a sus ministros y sacerdotes, para que lo ejerzan en su nombre: “Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el Cielo”, dice Jesús al conceder a sus apóstoles y a sus sucesores, la potestad de perdonar los pecados a través del Sacramento de la Reconciliación.

Alimentemos en nosotros la confianza en la infinita bondad de Dios que quiere siempre perdonar nuestros pecados. Y vayamos a confesarnos cada vez que necesitemos el perdón de Dios. Así podremos vivir con la alegría de sentirnos perdonados por el mismo Jesús que en el sacramento de la Reconciliación nos espera siempre.

Señor Jesús, el hombre en este suelo
cantar quiere tu amor,
y, junto con los ángeles del cielo,
te ofrece su loor.

Este Jesús en brazos de María
es nuestra redención;
cielos y tierra con su abrazo unía
de paz y de perdón.

Tú eres el Rey de paz, de tí recibe
su luz el porvenir;
Angel del gran Consejo, por ti vive
cuánto llega a existir.

A ti, Señor, y al Padre la alabanza,
y de ambos al Amor.
Contigo al mundo llega la esperanza;
a tí gloria y honor. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: Santa María Goretti

La familia de Goretti estaba compuesta por Luis Goretti, el padre, Asunta Carlini, la madre, y seis hijos. Eran muy pobres. Después de nacer María en 1890, en Corinaldo, un pueblito con pocas oportunidades de trabajo, se trasladaron a otras localidades, hasta establecerse en la campiña romana, en Le Ferriere de Conca. El clima de la región, húmedo y con muchos pantanos, no fue beneficioso al jefe de familia. Debilitado por el exceso de trabajo, poco tiempo después murió víctima de la malaria.
Asunta, su esposa, tuvo que hacer frente al contrato de aparcería que la ligaba a su patrón, el conde Mazzoleni. Por una de las cláusulas del contrato, la familia Goretti debía compartir la casa con Juan Serenelli y su familia. La atribulada viuda diariamente debía salir al campo para ocuparse de las duras tareas de los hombres. Alejandro, un joven de veinte años, hijo del mencionado Serenelli, ya había intentado dos veces inducir a malas acciones a la pequeña María, fracasando ante la inquebrantable resistencia de ésta. Pero aquella mañana, 5 de julio de 1902, sabiéndola solo, quiso reducirla por la fuerza en la casa. Y como ella se defendiera profiriendo gritos ahogados y diciendo que prefería morir antes de realizar un acto indigno a los ojos de Dios, le inflingió con un punzón catorce heridas en el vientre y en la espalda.
Murió veinticuatro horas después, a pesar de haber sido atendida en el hospital, sufriendo con entereza y esperanza. Hablando con su madre, le dijo que perdonaba al agresor. Después pidió recibir el viático, reteniendo entre sus manos la medalla de la Virgen Milagrosa.
Falleció el 6 de julio de 1902. Al agresor se lo condenó a treinta años de prisión. A las horas de haber cometido el crimen estaba íntimamente arrepentido y solo pensó en expiar su pecado. En la prisión tuvo un sueño en el que vio a María que le ofrecía un ramo de flores. Esta visión contribuyó a que se fortaleciera en su alma la esperanza de su salvación eterna. Luego de salir de prisión buscó refugio en un retiro religioso, desempeñándose como criado en un convento capuchino.

Otras celebraciones de hoy: Nuestra Señora de Sonsoles. Santos: Agilulfo, Rómulo, Benedicta, Bertario, Tranquilino, Lucía, Antonino, Severino, Diodoro, Dión y compañeros, mártires; Isaías, profeta; Gervasio, confesor; Justo, monje; Hugo, eremita; Nazaria Ignacia de Santa Teresa de Jesús March Mesa, fundadora de las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, beata.

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