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Lecturas del 6 de Junio del 2019 (Jueves de la Séptima Semana de Pascua)

SANTORAL: San Marcelino Champagnat

Lectura de los Hechos de los apóstoles 22, 30; 23, 6-11

Queriendo saber con exactitud de qué lo acusaban los judíos, el tribuno le hizo sacar las cadenas, y convocando a los sumos sacerdotes y a todo el Sanedrín, hizo comparecer a Pablo delante de ellos.
Pablo, sabiendo que había dos partidos, el de los saduceos y el de los fariseos, exclamó en medio del Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos, y ahora me están juzgando a causa de nuestra esperanza en la resurrección de los muertos.»
Apenas pronunció estas palabras, surgió una disputa entre fariseos y saduceos, y la asamblea se dividió. Porque los saduceos niegan la resurrección y la existencia de los ángeles y de los espíritus; los fariseos, por el contrario, admiten una y otra cosas.
Se produjo un griterío, y algunos escribas del partido de los fariseos se pusieron de pie y protestaron enérgicamente: «Nosotros no encontramos nada de malo en este hombre. ¿Y si le hubiera hablado algún espíritu o un ángel…?»
Como la disputa se hacía cada vez más violenta, el tribuno, temiendo por la integridad de Pablo, mandó descender a los soldados para que lo sacaran de allí y lo llevaran de nuevo a la fortaleza.
A la mañana siguiente, el Señor se apareció a Pablo y le dijo: «Animo, así como has dado testimonio de mí en Jerusalén, también tendrás que darlo en Roma.»

Palabra de Dios.

SALMO Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 (R.: 1)

R. Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Protégeme, Dios mío,
porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Señor, tú eres mi bien.»
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡tú decides mi suerte! R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
¡hasta de noche me instruye mi conciencia!
Tengo siempre presente al Señor:
él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra,
se regocijan mis entrañas
y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás la Muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna a tu derecha. R.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 17, 20-26

Jesús levantó los ojos al cielo y oró diciendo:
«Padre santo, no ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí. Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno -yo en ellos y tú en mí- para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste.
Padre, quiero que los que tú me diste estén conmigo donde yo esté, para que contemplen la gloria que me has dado, porque ya me amabas antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te conocí, y ellos reconocieron que tú me enviaste. Les di a conocer tu Nombre, y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos, y yo también esté en ellos.»

Palabra del Señor.

Reflexión

En la última parte de la oración sacerdotal que Jesús hace en la Ultima Cena, pide por la Iglesia que El fundó, para que siempre sea una y permanezca unida. El fundamento de la unidad de la Iglesia es la unión íntima que existe entre las tres Personas de la Santísima Trinidad, entre las cuales hay una donación y un amor mutuos.

Jesús, cuando reza a Dios Padre para que “todos sean uno como nosotros también somos uno”, nos revela un misterio de Dios que el hombre de por sí es incapaz de conocer. Y Jesús muestra cierta semejanza de la unidad de Dios con la unión de los cristianos en el amor. La unidad de los hombres también se basa en la unidad que tenemos con Jesucristo, y por El, con el Padre. Es por eso que la oración que el Señor hace alcanza a toda la humanidad, ya que todos los hombres están invitados a pertenecer al Reino de Dios.

A la Iglesia, por la que Cristo pide, pertenecemos todos aquellos que creemos en El.

La unión de los cristianos con el Señor causa la unidad de ellos entre sí.

La Iglesia continúa en el mundo la misión salvadora por su unión con Cristo. Por ello convoca a todos a integrarse en su misma unidad, y mediante esta unidad, a participar en la unión con Cristo y con el Padre.

El Concilio Vaticano II relaciona la unidad de la Iglesia con su universalidad y con su misión salvadora: “Casi todos, aunque de manera distinta, aspiran a una Iglesia de Dios única y visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, a fin de que el mundo se convierta al Evangelio.” Este carácter universal es lo que hace que llamemos a la Iglesia: Católica.

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por todo el mundo, y los cristianos somos personas de todas las razas y todas las condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de su extensión geográfica, aunque este sea un signo visible y una característica que nos ayude a creer en ella. La Iglesia ya era Católica en Pentecostés; nace Católica con el sacrificio de Jesús en la Cruz para la salvación de todos los hombres, y con la venida del Espíritu Santo.

El Concilio Vaticano nos ha recomendado insistentemente la oración en favor de la Iglesia y de la unidad de los Cristianos. Pidamos con frecuencia a María, a ella que la invocamos como Madre de la Iglesia, que siempre nos ayude a ser instrumento de unión y de apostolado de la Iglesia de Jesús.

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado;

El amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
hasta que digo al fin con voz doliente:

“Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?

¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
qué, de tu bien divino
olvidado, perdido,
sigue la vana sombra, el bien fingido?”

El hombre está entregado
al sueño de su suerte no cuidando,
y, con paso callado,
el cielo vueltas dando
las horas del vivir le va hurtando.

¡Oh, despertad, mortales,
mirad con atención en vuestro daño!
¿Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
podrán vivir de sombras y de engaño?

¡Ay! Levantad los ojos
a aquesta celestial eterna esfera;
burlaréis los antojos
de aquesta lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Marcelino Champagnat

En el departamento de Loira, en la pequeña aldea de Rosey, nació san Marcelino Champagnat. Sus padres se llamaban María Teresa Chirat y Juan Bautista. Juan Bautista era labrador, María Teresa pertenecía a una familia de comerciantes.

Marcelino, el penúltimo de los hijos de este matrimonio, fue consagrado a la Virgen al poco tiempo de nacer. Y a partir de ese día su madre empezó a notar “cosas que le llamaron la atención”. De noche mientras él dormía tranquilamente en su cuna, solía colocarse sobre su pecho una llamita que a veces de trasladaba hasta la frente y que después de brilar un rato, desaparecía. Este hecho hizo pensar a su madre que este niño tendría una misión especial en su vida, y no se equivocaba.

Marcelino se crió en el seno de una familia muy piadosa y humilde. Desde muy pequeño se acostumbró a rezar el rosario diariamente y a que le leyeran la vida de los santos, junto a sus nueve hermanos.

Su madre y su tía, apenas consiguen enseñarle a leer. Para mejorar su educación lo mandaron a la escuela. El primer día en la escuela, el maestro lo llamó para que leyera, sin embargo un compañero se le adelantó y comenzó a leer. Entonces, el docente le dio un bofetón al muchacho que había tomado el lugar de Marcelino.

Este hecho hizo que Marcelino no regresara a la escuela. Su tía fue religiosa. Ella es quien le enseña las primeras nociones de religión. Marcelino empieza a sentir a Dios, a desear su gloria, a tomar conciencia de la presencia de Dios en su vida ..

En 1.804 llega mosén Cartal a la aldea y habla con Marcelino sobre Dios y el sacerdocio. Él se siente entusiasmado sabe que se encuentra frente al llamado de Dios.

En 1.805, ingresa al seminario de Verrier. Era el mayor de los alumnos y no el más adelantado. Un maestro llega a proponer que sea expulsado por su lentitud en aprender. Pero Marcelino, comienza a reflexionar sobre su actitud y tomas varias decisiones: no volveré a cometer más el pecado, haré actos de fe, esperanza y caridad, no entraré en bar alguno sin necesidad, no frecuentaré las malas compañías, llevaré a los demás a Dios enseñaré el catecismo a pobres y a ricos.

Entre 1.812 y 1.815 se pusieron las bases de la Sociedad de los Maristas. Unos cuantos seminaristas entre los cuales estaba al frente el padre Champagnat, se reunían regularmente, en sus charlas surgió la idea de fundar una Sociedad de sacedotes bajo la protección de la Santísima Virgen, a quien Marcelino llamaba Nuestra Buena Madre, y darle el nombre de María.

Marcelino será mucho más osado en esta idea surgirá entonces la idea de Hermanos educadores.

El 22 de julio de 1.816 Marcelino dijo SÍ para siempre a Dios y recibió las sagradas órdenes en la catedral de San Juan, en la ciudad de Lyon.

Nuestro santo fue designado como vicario en una pequeña parroquia en un lugar llamado La Valla.

Marcelino, con su ejemplo de vida, hizo despertar la vocación religiosa a dos jóvenes, Juan Bautista Audras y Juan María Granjon. Compró una casa y a estos jóvenes pronto se le sumaron otros.El padre Champagnat, quería que los hermanos se hicieran cargo de las clases, pero viendo que estos aún no estaban preparados contrató un maestro, para perfeccionar a los hermanos y dar clases a los niños de la parroquia. Así abre la primer escuela.

Luego de algunos problemas, san Marcelino logró erigir cuatro escuelas. Él mismo participó en la construcción de las mismas.

Más tarde se decidió a fundar la Sociedad de Hermanos dedicados a la educación cristiana.

Este santo hombre consagra su fundación a la Virgen Santísima. Él y los suyos pasarán a llamarse “LOS PEQUEÑOS HERMANOS DE MARÍA O HERMANOS MARISTAS”

Entonces, empezó a construir un instituto, muy humilde, al cual llamó Nuestra Señora del Hermitage. En 1.837 redactó e hizo imprimir, la Regla de los Pequeños hermanos de María.

Aún en sus últimos tiempos sintió el deseo de llevar el mensaje de Dios mucho más allá pero cayó gravemente enfermo y su enfermedad hasta le impidió levantarse. Los hermanos iban hasta su cuarto para leerle, orezar junto a él.

Antes de morir redactó un testamento espiritual.

San Marcelino Champagnat falleció el 6 de junio de 1.840. Fue beatificado por Pío XII en 1.955 y canonizado el 18 de abril de 1.999 por Juan Pablo II.

Otros Santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Norberto, Claudio, Juan, Justo, Vicente, Eustorgio, obispos; Artemio, Cándida, Paulina, Bonifacio, Amancio, Lucio, Alejandro, mártires; Hilarión el Joven, confesor; Felipe, diácono

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