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Lecturas del 7 de noviembre de 2015 (Sábado de la Semana 31)

SANTORAL: María; Madre y Mediadora de todas las gracias

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 5-11

Hermanos:
Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El , que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: «Jesucristo es el Señor.»

Palabra de Dios.

SALMO Sal 21, 26b-27. 28-30a. 31-32 (R.: 26a)

R. Te alabaré, Señor, en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de los fieles:
los pobres comerán hasta saciarse
y los que buscan al Señor lo alabarán.
¡Que sus corazones vivan para siempre! R.

Todos los confines de la tierra
se acordarán y volverán al Señor;
todas las familias de los pueblos
se postrarán en su presencia.
Porque sólo el Señor es rey
y él gobierna a las naciones.
Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia. R.

Glorificarán su poder.
Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia a los que nacerán después,
porque esta es la obra del Señor. R.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo:
Uno de los invitados le dijo: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!»
Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: “Vengan, todo está preparado.” Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: “Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes.” El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes”. Y un tercero respondió: “Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir.”
A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: “Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos.”
Volvió el sirviente y dijo: “Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar.”
El señor le respondió: “Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena.”»

Palabra del Señor.

Reflexión

La parábola del Evangelio de hoy nos tiene que llegar muy de cerca a cada uno de nosotros.La invitación ha sido hecha por Dios a todos los hombres de buena voluntad y de corazón limpio. El Señor ha demostrado su infinita generosidad, no limitándola a unos u otros.

Pero los cristianos, no hemos sido tan generosos en acudir a este banquete como el Padre celestial en invitarnos. Son muchos, los que tantas veces, con pretextos fáciles nos excusamos de acudir a su invitación.

Tenemos tiempo para todo, menos para el espíritu. Cumplimos con nuestras obligaciones personales, laborales y sociales, estamos al día con todo y con todos, menos con Dios.

No tenemos tiempo para hacer oración.
No tenemos tiempo para rezarle un rosario a la Virgen.
No tenemos tiempo para asistir a misa y comulgar.
No encontramos tiempo para hacer un rato de meditación de la palabra de Dios.
No tenemos tiempo para leer la palabra de Dios, aunque haya mucho tiempo para leer revistas de actualidad, o el diario. Aunque haya tiempo de mantener conversaciones vacías. Aunque podamos pasar parte de nuestro día sentados frente a la televisión o dedicados a tomar unos mates, despotricando contra la política, la economía o cualquier otro tema similar.

El Evangelio de hoy nos llama la atención sobre estas actitudes, y nos pide que no rechacemos la invitación que el Señor nos hace. Cuando nos entregamos desmedidamente a las cosas de la tierra, vamos perdiendo el gusto por las cosas del cielo. Y el Señor nos advierte que si despreciamos los dones de Dios y los bienes del Reino, nos serán quitados y no nos serán devueltos.

Quien de nosotros, si un día fuese personalmente invitado a comer un asado por un personaje importante, por el presidente o por otra autoridad política, dejaría de ir porque tiene que hacer un trabajito en su casa, o arreglar el jardín. Sin embargo, cuantas veces, las razones que invocamos para dejar de ir a misa o para saltearnos la oración, son todavía mucho más intrascendentes que la de hacer un tarea en nuestro hogar. Y la invitación del Señor a su banquete tiene un valor incomparablemente mayor que la de un asado, porque el dueño de casa que nos invita y los bienes que nos ofrece son infinitamente más altos que los que pueden ofrecer los hombres, por más poderosos que sean.

Vamos hoy a proponernos descubrir en nuestras vidas las invitaciones y los llamados que nos hace todos los días el Señor. Y vamos a pedirle a María, nuestra madre, que al momento de optar entre seguir a Jesús, o distraernos con cualquier otra actividad, seamos generosos, en la certeza que recibiremos del Señor mucho más que lo que le entregamos.

Himno de la Liturgia de las Horas

Tu poder multiplica
la eficacia del hombre
y crece cada día entre sus manos
la obra de tus manos
Nos señalaste un trozo de la viña
y nos dijiste: – Venid y trabajad.
Nos mostraste una mesa vacía
y nos dijiste: – Llenadla de pan.
Nos presentaste un campo de batalla
y nos dijiste: – Construid la paz.
Nos sacaste al desierto con el alba
y nos dijiste: – Levantad la ciudad.
Pusiste una herramienta en nuestras manos
y nos dijiste: – Es tiempo de crear.
Escucha a mediodía el rumor del trabajo
con que el hombre se afana en tu heredad.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Por los siglos. Amén.

SANTORAL: María; Mediadora de todas las gracias

Según la expresión de las Sagradas Escrituras, “no hay más que un solo mediador entre Dios y los hombres, el hombre Jesucristo”. Ésta mediación le corresponde en sentido estricto a nuestro Salvador en cuanto hombre dotado de la plenitud de la gracia, que le pertenece por el hecho de su divinidad.

En un sentido menos estricto pueden admitirse numerosos mediadores, como los profetas, los santos, los sacerdotes, porque cooperan en la unión realizada sólo por Cristo entre los hombres y Dios. Ese es el caso de María, pero en ella la cualidad de mediadora se realiza de manera supereminente respecto de todos los otros santos, a causa de su maternidad divina y de la unión tan especial que ésta supone con el Mediador.

La Iglesia no duda en atribuir a María ese oficio de intercesora, subordinado a Cristo, y recomienda a los fieles recurrir a esa mediación para que apoyados en la protección maternal de María se unan más íntimamente al Mediador y Salvador.

En el siglo IV nace el culto a la intercesión de María, y por esa especie de función social que ejerce como mediadora y distribuidora de gracias redentoras recibe el título de Madre de la Iglesia, proclamado por Pablo VI en 1964.

Se ha generalizado la creencia, entre los cristianos, del poder intercesor de María: mediante ella suben las peticiones de los hombres, de la tierra al cielo, y baja por ella a la tierra todo lo que otorga el cielo. Junto al trono de Cristo, se halla el de María que es la Madre llena de bondad. El camino más corto para llegar a Cristo nuestro Salvador es a través de su Santísima Madre; nuestra Madre: María.

Himno de la Liturgia de las Horas

Madre del Redentor, virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,

ven a librar al pueblo que tropieza
y se quiere levantar.

Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.

Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros pecadores. Amén

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