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Lecturas del 8 de Diciembre del 2018 (Sábado de la Primera Semana de Adviento)

SANTORAL: Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15. 20

Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
«Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí.»
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?»
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él.»
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?»
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí.»
Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. El te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón.»
El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 97, 1. 2-3b. 3c-4 (R.: 1a)

R. Canten al Señor un canto nuevo,
 porque él hizo maravillas.


 Canten al Señor un canto nuevo,
 porque él hizo maravillas:
 su mano derecha y su santo brazo
 le obtuvieron la victoria.  R.

 El Señor manifestó su victoria,
 reveló su justicia a los ojos de las naciones:
 se acordó de su amor y su fidelidad
 en favor del pueblo de Israel.  R.

 Los confines de la tierra han contemplado
 el triunfo de nuestro Dios.
 Aclame al Señor toda la tierra,
 prorrumpan en cantos jubilosos.  R.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso 1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor.
El nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido.
En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano -según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad- a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria.

Palabra de Dios.

Lectura del santo Evangelio según san Lucas 1, 26-38

En el sexto mes, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?»
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.»
Y el Ángel se alejó.

Palabra del Señor.

Reflexión   

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. Y podemos preguntarnos ¿qué importancia tiene la Inmaculada Concepción de María para nosotros hoy?
 
María, santa e inmaculada desde su concepción, es una llamada y un modelo de santidad a la cual todos estamos llamados. Por eso la inmaculada concepción, no es para nosotros los católicos sólo un dogma de fe, es la certeza de que también en nosotros concebidos santos e inmaculados desde el momento del bautismo, puede vivir y crecer Cristo.
 
En la primera lectura del libro del Génesis, llamada comúnmente Proto-evangelio o primer anuncio de la salvación se muestra la humanidad sometida al pecado y en ese mismo instante,  la palabra de Dios  emerge con el primer evangelio de la esperanza anunciando que la humanidad como linaje de mujer, alcanzará la victoria, aplastando la cabeza del pecado agresor. La Iglesia aplica este pasaje a María y a su hijo Jesús.
Esta promesa divina se cumple cuando Jesús, descendencia de mujer, vence al pecado en una vida de perfecta santidad.

Y el Evangelio nos presenta la escena de la Anunciación del ángel.  María y Jesús son la expresión del amor misericordioso de Dios que no se olvida de los hombres. María está llena de Jesús, no sólo por ser la Madre, sino además porque por la fe incondicional en Dios, lo siguió por el camino de la cruz, cumpliendo su sí a Dios dado en la anunciación y al que consagró su vida. En María descubrimos hoy a la Iglesia, que cree en la Palabra de Dios y quiere llenarse de Jesús. La santidad  de María, debe impulsarnos a vivir nuestra vocación a la Santidad. Vale la pena poner los ojos en María y hacer nuestro el pensamiento de la carta a los efesios, dando gracias a Dios porque: “Dios nos eligió en la persona de Cristo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él por el amor.”

Todos somos llamados a la más total y perfecta santidad, como María, por eso la fiesta de hoy es un llamamiento y un recuerdo de la exigencia del bautismo: una  vida nueva en santidad, porque fuimos concebidos como hijos de Dios. Si no nos ponemos hoy esta exigencia, el festejo de la Inmaculada Concepción está vacío de contenido. Pidámosle a María que podamos a ejemplo suyo ofrecerle a Dios nuestra vida con un sí generoso y decidido.

SANTORAL: Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María

La primera pareja cayó, por desobediencia, en el enojo de Dios, perdiendo la gracia sobrenatural con que ambos habían sido dotados. Fueron expulsados del paraíso terrenal, a cuya puerta se situó un ángel con una espada de fuego, para impedir que volviesen, para que nadie se acercase al árbol de la vida.
Pero antes de pronunciar su sentencia, dijo el Señor, hablando a la serpiente: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje, y él te pisará la cabeza” (Génesis, capítulo 3).
De este modo, los primeros padres habían perdido la inocencia y su destino sobrenatural, y quedaban expuestos a la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Esta triste situación pasaría como una herencia a todos sus descendientes.
Pero la misericordia de Dios fue mayor que la malicia de los hombres, y tan pronto como Adán y Eva cometieron el pecado, los alumbró la esperanza de la redención.
Pasaron así , miles de años, hasta que Dios, en cumplimiento de sus promesas, envió a la tierra un mensajero de su amor. Ello sucedió cuando un ángel penetró en el aposento de la Virgen, portador de un extraordinario saludo: “Salve, María, ¡oh tú que eres llena de gracia! ¡El Señor es contigo!”, al mismo tiempo que le anunciaba que ella sería la madre del Redentor.
Se representa María inmaculada (concebida sin mancha) teniendo a sus pies el mundo, envuelto en nubes y circundado por los anillo de una serpiente.
La fecha del 8 de diciembre guarda relación  con los nueve meses que la separan de la natividad de María. La fiesta de la inmaculada concepción era celebrada desde el siglo VI en Oriente. En Occidente la propagó Eadmero, un discípulo de san Anselmo, arzobispo de Cantorbery, y un sobrino de este último, llamado como él. Un concilio celebrado en Londres en 1129 la aprobó. De Gran Bretaña pasó después al continente, hasta que en el siglo XV el concilio de Basilea, y especialmente el papa Sixto IV en 1476, la generalizaron.
La inmaculada concepción de la Virgen es el objeto de una de las más grandes fiestas marianas y un maravilloso misterio de amor, y como tal fue proclamado dogma de fe por el papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854. Debemos creer, pues, que la gracia fue infundida a la Virgen en el primer instante de su purísima concepción. Por singular privilegio, al ser concebida, estuvo llena de gracia y rompió todo vínculo con la caída del primer  hombre; y así, en virtud de los méritos de Jesucristo, se vio preservada de la mancha del pecado original. Fue santificada desde el primer momento, en el seno mismo de su madre ya que de su carne inmaculada debía formarse el cuerpo del Redentor del mundo. Esta prerrogativa tan especial la distingue de todo lo creado. Su bienaventuranza es mayor que la de todos los santos.
Calderón de la Barca lo explicaba muy bien. Sobre el escenario aparecía un hombre cultivando flores de un jardín. Era Jesús. A su lado asomaba la boca de un hoyo profundo. Mientras el jardinero estaba trabajando, salían al escenario unos personajes con los ojos vendados. Eran aquellos que estaban naciendo. Los nuevos seres daban unos pasos y caían en el hoyo que estaba en el centro del jardín. Era la caída en el pecado original. Entonces Jesús se acercaba a los que se habían caído y los sacaba de aquel abismo. Así uno y otro. Por fin aparece en escena una mujer bellísima con los ojos vendados. Es María. También avanza y también va a caer en el pecado original. Pero ahora Jesús, antes de que ella caiga, la toma de la mano, le da una vuelta alrededor del hoyo y la salva no dejándola caer. Es natural; es que ella va a ser su madre.
Santo Tomás de Aquino lo decía con menos aparato y más profundidad. “Cuando Dios elige a uno para cualquier dignidad, le hace idóneo para ella; por tanto, habiendo elegido a María para madre suya, la hizo digna de tal destino”.
San Agustín: “El hijo de Dios no edificó para sí ninguna casa más digna que María, que nunca fue cautiva del enemigo, ni despojada de sus tesoros”.

Pureza inmaculada
espejo del Señor,
¡oh fuente de la gracia,
unida al Redentor!

Belleza sin mancilla,
encanto virginal,
tú eres la alegría,
la gloria del mortal.

¡Oh vara florecida
del tronco de Jesé!,
en gracia concebida,
¡oh gloria de Israel!

Dichosa por los siglos
los pueblos te dirán:
tú fuiste el Dios vivo
la aurora celestial. Amén

Liturgia de las Horas – Himno de laudes de la Inmaculada Concepción


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