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Lecturas del Viernes 5 de Enero del 2018 (Ferias de Navidad)

SANTORAL: San Simeón, Estilita

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 3, 11-20

Queridos hermanos:
La noticia que oyeron desde el principio es esta: que nos amemos los unos a los otros. No hagamos como Caín, que era del Maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano, en cambio, eran justas. No se extrañen, hermanos, si el mundo los aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida, porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida, y ustedes saben que ningún homicida posee la Vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él entregó su vida por nosotros. Por eso, también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos. Si alguien vive en la abundancia, y viendo a su hermano en la necesidad, le cierra su corazón, ¿cómo permanecerá en él el amor de Dios? Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 99, 1-2. 3. 4. 5 (R.: 1)

R. Aclame al Señor toda la tierra.

Aclame al Señor toda la tierra,
sirvan al Señor con alegría,
lleguen hasta él con cantos jubilosos. R.

Reconozcan que el Señor es Dios:
él nos hizo y a él pertenecemos;
somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

Entren por sus puertas dando gracias,
entren en sus atrios con himnos de alabanza,
alaben al Señor y bendigan su Nombre. R.

¡Qué bueno es el Señor!
Su misericordia permanece para siempre,
y su fidelidad por todas las generaciones. R.

Lectura del santo Evangelio según san Juan 1, 43-51

Jesús resolvió partir hacia Galilea. Encontró a Felipe y le dijo: «Sígueme.» Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y de Pedro. Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret.» Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?» «Ven y verás», le dijo Felipe. Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Este es un verdadero israelita, un hombre sin doblez.» «¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael. Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.» Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús continuó: «Porque te dije: “Te vi debajo de la higuera”, crees . Verás cosas más grandes todavía.» Y agregó: «Les aseguro que verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.»

Palabra del Señor.

Reflexión

Este pasaje del evangelio nos muestra a Jesús, acompañado tal vez de sus dos primeros discípulos, los que habían sido discípulos de Juan el Bautista, que se pone en marcha hacia su tierra Galilea. Tal vez allí podrá anunciar el Reino con mayor libertad y lejos del control de las autoridades del templo y de los fariseos. Y en ese lugar va a buscar a un hombre llamado Felipe y lisa y llanamente le dice: sígueme. Y Felipe, lo siguió.

Llama la atención en este pasaje, cómo Jesús, “va a buscarlo”. Jesús, no lo encontró por casualidad, la mejor traducción de este texto del evangelio, dice que Jesús va a buscarlo. Y Felipe lo sigue con gusto y hace algo más, va a traerle un nuevo compañero, Natanael. Probablemente ambos, Felipe y Natanael, esperaban la salvación. Felipe era de Betsaida, que era una pequeña ciudad comercial, en la que vivían judíos y gentiles.

Este pasaje del evangelio nos deja a nosotros también una enseñanza, porque Jesús nos llamó también a nosotros, nos buscó, probablemente muchas veces. Jesús nos llama para acompañarlo, para ser sus testigos en el mundo concreto en que vivimos. Y nosotros deberíamos tener la misma disposición de Felipe y simplemente seguir al Señor.

Pero además, Felipe tiene una actitud a imitar. Felipe no se guarda a Jesús para él. Felipe quiere compartir con su amigo Natanael la alegría de haber encontrado a Jesús. Y Natanael le responde con frialdad “¿Cómo va a salir nada bueno de Nazaret?”; Nazaret era una aldea insignificante, que no había dado ningún personaje importante y Natanael piensa que entonces tampoco Jesús puede ser nada bueno. La actitud de Felipe es no entrar en discusiones. Le dice simplemente “Ven y lo verás”. Y consigue su propósito, porque ni bien Natanael ve a Jesús y Jesús lo reconoce, Natanael tiene para con él una maravillosa profesión de fe, lo reconoce al “Señor” como “Hijo de Dios” y “Rey de Israel”. La profesión de fe de Natanael se debe a que conocía las escrituras y esperaba la llegada del Hijo de Dios.

Nosotros muchas veces, no encontramos a Dios, porque lo desconocemos, desconocemos las Sagradas Escrituras, que nos hablan de él. Pero también desconocemos a Dios porque no intentamos entrar en contacto con él. Por eso Felipe nos dice a nosotros hoy, como le dijo a Natanael hace casi 2000 años, Ven y lo verás. Esa decisión de ir, es responsabilidad nuestra. Hoy vamos a pedirle al Señor que nos busque, así como los buscó a Felipe y a Natanael, nosotros también queremos seguirlo.

SANTORAL: San Simeón Estilita

Simeón había nacido en Sisán, un pueblo de los confines de Siria, hacia el año 399; era árabe. Un día, en el pueblo, antes de llegar a su casa, al pasar por una iglesia, la puerta abierta pareció invitarlo a entrar. Así lo hizo, quedando vivamente impresionado por el recogimiento del templo con sus luces y el sonido de los cantos litúrgicos que elevaba el pueblo fiel en esos instantes. Entonces el sacerdote comenzó a leer el evangelio y Simeón se iba acercando al ambón, deseoso de ubicarse cerca del ministro. Y oyó estas palabras que habrían de sellar su vocación: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios…”.
En ese momento recordó las oraciones que en la infancia le había enseñado su madre, que era cristiana, y rezó. En su conciencia se hizo la luz y comenzó un proceso de conversión que había de durar muchos años. En su tiempo, eran muchos los hombres y mujeres cristianos que dejaban las ciudades para llevar una vida de adoración y de intimidad con Dios en lugares más apartados y propicios a la búsqueda de la verdad interior. Sabiéndolo pronto por sus hermanos en la comunidad cristiana de su tierra natal, Simeón decidió practicar también él la vida de los monjes.
Por espacio de diez años, llevó una vida austera de penitencia y sacrificios. Deseaba compartir los sufrimientos de Cristo, que quiso compartir la debilidad de nuestra naturaleza humana para abrirnos el camino del reino de los cielos en su propia carne. Pronto Simeón, buscando un aislamiento más perfecto, se retiró a un espeso bosque, y más tarde encontró morada en una abrupta peña.
En su afán juvenil, llegó a atarse con cadenas a una piedra, buscando compartir más plenamente la suerte de aquel que por nosotros se presentó con aspecto de esclavo; pero pronto san Melecio, obispo de Antioquía, visitándolo al conocer de su duro ascetismo, lo disuadió de aquella práctica poco digna de la condición de un hijo de Dios a quien Cristo ha hecho plenamente libre.
La fama del solitario se extendió mucho y la gente comenzaba a llegar a su retiro. Simeón, en un intento de poner cierta distancia entre los inoportunos y su aspiración a la soledad consagrada al Señor, construyó para sí mismo una especie de columna sobre la que subió. Tenía entonces treinta y tres años y comenzó a recibir pronto el apodo de “estilita”, o sea, el hombre de la columna.
La Iglesia no ha dejado de reconocer esta vocación a la soledad, o vacación eremítica, que marcó toda la vida adulta de Simeón. En ella no entiende para nada ningún tipo de desprecio a los justos valores de la vida secular y social, pero ve en cambio un signo de la consagración, o separación, que es propia de todo cristiano. El Señor nos ha tomado y nos ha puesto un signo en la frente: somos sólo suyos.
Pero el eremita no es misántropo, sino que busca la soledad del desierto por amor a Dios: ningún misántropo lograría vivir apartado tanto tiempo sin amargarse. El eremita, como Simeón lo ejemplifica a la perfección, está en cambio siempre abierto al servicio de los hombres, en paz y alegría. Los peregrinos que acudían a visitar a Simeón descubrían en él a un hombre totalmente entregado a Dios, que curaba a los enfermos con sus propias manos y que con sus consejos devolvía la confianza y la fe a los que la habían perdido. Sus palabras se referían siempre a la necesidad de practicar las enseñanzas de Cristo, de volver a Dios y abandonar el pecado. Era en su comarca un factor de concordia social y un promotor incansable de la justicia. Murió el 5 de enero del año 459, a los sesenta años de edad. Cuando se esparció la noticia, los amigos y vecinos bajaron sus despojos de la torre-claustro que el ermitaño había ido construyendo con el paso de los años, y lo inhumaron con honores litúrgicos.
Escribió sobre su vida Teodoreto, obispo de Ciro, que lo conoció bien, pues ambos fueron monjes, y lo visitó varias veces en su refugio. Un siglo más tarde el historiador Evagrio, de Antioquía, también se ocupó de él. Su influjo fue poderoso y su ejemplo llamó a la vida consagrada a numerosos cristianos, como lo testimonian las ruinas de cuatro basílicas y un monasterio que rodean los restos de su ermita.

Otras celebraciones de hoy: Santos: Emiliana, Amelia y Telésforo.

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