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Miércoles de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario

Evangelio del día miércoles 09 de septiembre

Lc 6, 20-26 (Dichosos los pobres. – ¡Ay de ustedes, los ricos!)

En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.

Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.

Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”

Comentario

Dichosos y desdichados. En cuatro aspectos de la vida humana sintetiza Lucas las bienaventuranzas: la pobreza, el hambre, el llanto (tristeza) y la persecución. La pobreza designa aquí una situación anómala, contraria al querer de Dios, un estado de vida que es fruto de la injusticia del hombre (no del abandono o ausencia de Dios); por tanto, cuando Jesús declara bienaventurados a estos pobres, no significa que ellos deben sentirse felices por su situación, sino porque esa pobreza que Dios rechaza tiene que desaparecer con el advenimiento del Reino de Dios, cuya concreción específica es la Justicia. No olvidemos que uno de los ejes fundamentales del proyecto de Jesús es la proclamación (realización) del año de Gracia del Señor. Ahora, si estas palabras de Jesús, aparte de ser consoladoras para los pobres, son también un proyecto por realizar, quiere decir que el seguidor de Jesús tiene como tarea hacer que ese Reino de Dios, traducido en categorías de justicia, sea una realidad eficaz para poder sentir el gozo de la presencia del Reino.

La pobreza, trae varias consecuencias: la primera de todas: el hambre; pues bien, también los hambrientos son dichosos porque serán saciados. Si los empobrecidos pueden soñar con un mundo mejor, más justo, por el advenimiento del Reino de Dios, también el hambre tendrá que desaparecer, no de un modo mágico, sino como fruto del compromiso de todos en la realización del año de gracia, que exige, como una finalidad primaria, la nivelación social a causa de la condonación de las deudas, de la recuperación de los bienes empeñados y del regreso de la propiedad al seno familiar de todos los esclavizados, y esto debe ser algo permanente; la otra consecuencia del empobrecimiento son las lágrimas, como símbolo del dolor, la marginación (situaciones no poco comunes en nuestros días), pero también de la impotencia ante una realidad cada vez más cruel y tormentosa para el empobrecido; en este nuevo orden que tiene que instaurar la presencia del Reino, las lágrimas se deben tornar en alegría y gozo.

La lucha y el esfuerzo por lograr este nuevo orden de cosas que Dios ha querido desde antiguo y puesto por Jesús como criterio primero y fundamental que hace posible la realidad del Reino, no se dará de manera pacífica; no es que Jesús esté pensando en acciones violentas, sino más bien quiere prevenir a sus seguidores de las situaciones violentas, la persecución y el dolor que tendrán que experiementar a manos de quienes se oponen radicalmente a compartir los bienes materiales e inmateriales, culturales y espirituales que poco a poco han arrebatado al pueblo y que obstinadamente retienen como propios y exclusivos.

Casi siempre, por no decir siempre, los acaparadores y sostenedores del orden injusto reaccionan con la fuerza, la violencia, con la difamación, el encarcelamiento, cuando no con la eliminación física, ¡cuántos casos en nuestras comunidades! Pues bien, también a esos Jesús les llama dichosos porque esa persecución y ese rechazo no es gratuito; es el precio que se paga por la lucha y la búsqueda de la justicia y la equidad; sólo quien experiementa estas contradicciones podrá comprender el gozo de estar en sintonía con la preocupación del Padre y de Jesús por la justicia.

Podríamos entender estos ayes como una lamentación de Jesús, pero una lamentación al estilo profético, es decir como una advertencia o amonestación que hace Jesús a los promotoress y sostenedores de un orden social absolutamente injusto como el que vive la gente de su tiempo y en general la gente de todas las épocas cuando los bienes de la creación, los bienes de la cultura, la ciencia y de la tegnología son absorbidos por unos cuantos con las consecuencias que todos conocemos: empobrecimiento de las grandes mayorías, hambre, dolor y lágrimas.

Con estos ayes Jesús denuncia esa actitud mezquina de quienes han puesto el sentido de su vida en las posesiones, en los bienes; de quienes se hartan, consumen y consumen ignorando al indigente, de quienes gozan y la pasan bien a costa de los demás; de quienes son objeto de la fama lisonjera, ¿cuál es el sentido de una vida que transcurre de ese modo?

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