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Reflexión dominical

Domingo XXII del Tiempo Ordinario

30 de agosto de 2015

El corazón del hombre es el centro de la religiosidad. Para entender el mensaje del Evangelio de hoy, debemos situarlo en el contexto de la tradición religiosa de Irael, que había codificado una minuciosa legislación para regular la relación del hombre con Dios. Esta legislación se encuentra contenida sobre todo en el libro del Levítico y es obra de una corriente conocida con el nombre de “sacerdotal”, justamente porque eran los sacerdotes los que cuidaban la aplicación de estas normas.

En la seccion de la normas del Levítico salen con frecuencia los términos puro e impuro, que van interpretados en su particular significado.

“Puro” es todo aquello es todo aquello que pertenece a la esfera de Dios y favorece su culto. “Impuro” es todo lo que no pertenece a la esfera de Dios e impide acercarse a Él. De esta manera se había llegado a la compilación de un minucioso eenco de normas que distinguían entre alimento y alimentos, entre trabajo y trabajo, entre animales “impuros” y animales “puros”, inclusive llegaron a poner realidades como la enfermedad, la sexualidad y la muerte en la esfera de aquello que podía impedir la relación con Dios. Jesús, en su oposición a la observacia fría y legalista de una cierta tradición judía, toma como pretexto la precripción de la pureza, ejemplificadas en el rito de “lavarse las manos”, cuyo significado original era: tener la pureza del corazón y de la vida. En tiempo de Jesús, esas normas se habían convertido en un obsesivo legalismo puritano destinado casi a suplir todo empeño religioso.

Jesús reprocha a sus adversarios el haber pervertido la religión, habiendo olvidado el sentido espiriual de algunos gestos y ritos, y de haber antepuesto a la Ley ritos y acciones que solamente son tradiciones humanas. A la luz de la revelación, no es la observancia puramente exterior, de estas nos mar la que coloca al hombre en el ámbito de Dios y de la vida. es, por el contrario, el “corazón” del hombre el origen de aquellos comportamientos que lo pueden llevar ala vida o a la muerte, al bien o al mal (el “corazón” en la Biblia indica “el lugar” de las deciciones y de las opciones de vida, su conciencia, su interioridad). Es ahí donde salen las “intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios (…) y la frivolidad”, en que se juega el destino del hombre; no en la exterioridad de los hábitos, comidas y de vacíos y fríos rituales.

El mal no viene de fuera del hombre, sino que tiene sus verdaderos orígenes en el hombre mismo. Es en el corazón del hombre en donde culmina la obra educadora de Dios que, partiendo de las muchas normas exteriores, ha llegado ahora finalmente al centro de la verdadera religiosidad y del verdadero actuar de su creatura. Jesús afirma de manera muy categórica, que la observancia ritual de las purificaciones judías era incapaz de dar la limpieza del corazón ante Dios; por ser algo externo no podía hacer puro al hombre, como tampoco nada externo lo hace impuro. Lo primero corresponde al culto vacío que honrra a Dios con los labios, mientras el corazón está lejos; culto vacío que se aferra a la inseguridad de lo que siempre se ha hecho y desoye la voz de los tiempos por miedo a los aires nuevos; culto vacío que prefiere el tradicionalismo exagerado y la ventana cerrada all iare fresco.

Beato Santiago Alberione

 

 

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