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El Domingo de Ramos, su importancia y significado

¿Qué significado teológico y espiritual tiene la celebración del Domingo de Ramos?

Para comprender el significado de la liturgia del Domingo de Ramos no podemos perder de vista el hecho de que se trata, ante todo, de un domingo. Y como todos los domingos, lo primordial en él es la celebración de la Resurrección del Señor; es decir, de la victoria de Cristo sobre la muerte, la garantía de nuestra propia resurrección.

La estructura de la celebración del Domingo de Ramos corresponde, sustancialmente a la de cualquier celebración de la Eucaristía dominical:

– Ritos iniciales

– Liturgia de la Palabra

– Liturgia Eucarística

Lo que distingue al Domingo de Ramos de todos los demás domingos:

– La proclamación de la Pasión del Señor, como elemento más relevante de la liturgia de la Palabra.

– Y la procesión de los ramos, como elemento más destacado de los ritos iniciales.

Veamos con detalle cada uno de ellos:

PRIMERO: LA LECTURA DE LA PASIÓN DEL SEÑOR:

La liturgia de la Palabra del Domingo de Ramos nos trae cada año, como elemento principal, la lectura del relato de la Pasión de uno de los Evangelios sinópticos que nos recuerda que la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte se ha conseguido a través de su entrega amorosa hasta dar la vida. Se trata de una entrega que es fruto del amor, y que le ha hecho capaz de aceptar voluntariamente el riesgo, el sufrimiento y la misma muerte.

La muerte de Jesús no es un imprevisto. Es el resultado de un modo de vida libremente asumido. Es fruto de su amor al Padre y de su entrega al servicio del Evangelio de la salvación. La muerte de Jesús es la muerte de un mártir, del Rey de los Mártires. Precisamente por eso, el color litúrgico morado, propio de la Cuaresma, se trueca este día por el rojo, como en las fiestas de los mártires, para recordarnos que la sangre del mártir Jesús se derrama por nuestra salvación.

La Iglesia cuida con solemnidad la lectura del Evangelio de la Pasión. Donde es posible, se proclama por tres lectores (un cronista, uno que presta voz a los diversos personajes que intervienen y otro que presta su voz al Señor, y que suele reservarse al sacerdote que preside). También se intercalan aclamaciones cantadas por el pueblo.

SEGUNDO: LA SOLEMNE PROCESIÓN CON QUE DA COMIENZO LA MISA:

Por medio de esta procesión nosotros conmemoramos la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén. Imitando a aquellos primeros discípulos, aclamamos al Señor, marchando en procesión con palmas y ramos en las manos, y entonando salmos en su honor.

Pero no se trata de representar simplemente un hecho del pasado. Es hoy cuando aclamamos al Mesías Jesús que, a través de su muerte y resurrección, ha entrado triunfante, no ya en la Jerusalén terrena, sino en la Jerusalén del cielo, para sentarse a la derecha del Padre.

Jesús quiso entrar en Jerusalén como Rey Mesías. Pero, lo hizo en la forma que había profetizado Zacarías: no con prepotencia, montado en un carro de guerra y al frente de un ejército imponente, sino humildemente montado en un burrito, rodeado de niños que le aclamaban agitando ramas de olivo. Jesús rehusó encarnar esa imagen de Mesías entendido como líder que lucharía al frente de un ejército contra la dominación de Roma. El Mesías Jesús no entraba en Jerusalén para luchar contra la dominación romana, sino contra el dominio del pecado y de la muerte.

Jesús entra como Rey, pero no viene a dominar, sino a servir a la humanidad. Entra glorioso y aclamado, pero de forma completamente humilde. Viene dispuesto a combatir, pero su lucha es contra el pecado. Viene pertrechado para la lucha, pero su única arma es el amor. Triunfa en su batalla, pero su victoria, que es el triunfo de la fidelidad a Dios y de la solidaridad con el hermano, encuentra su máxima consumación en el aparente fracaso de la cruz. Finalmente, el victorioso acaba entronizado, pero no en un palacio humano, sino en la misma gloria del Padre, por medio de su Resurrección y Ascensión a los cielos.

Lo que tratamos de vivir el Domingo de Ramos:

¿Qué es, por tanto, lo que nos invita vivir la celebración del Domingo de Ramos?

Mediante la procesión, se nos invita a alabar y bendecir al que ha venido en nombre del Señor, para traer su Reino a los hombres. ¡Y a abrir de par en par nuestras puertas a Jesucristo! ¡Y a trabajar para que todos los pueblos y todos los corazones se abran para acoger al Mesías Salvador!

Mediante la lectura de la Pasión recordamos que el Reino de Dios que acogemos no es como los reinos de este mundo:

No se basa en el poder, sino en el amor. No impulsa a dominar, sino a servir. No anima a competir por los primeros puestos, sino a saber escoger los últimos, por amor. No se realiza sólo cuando se cosechan triunfos espectaculares, sino que el verdadero triunfo consiste en vivir una entrega humilde, servicial, callada y cotidiana.

La plegaria y la comunión Eucarística nos invitan, finalmente, a asociarnos a la Pascua del Señor, uniendo nuestra entrega a la suya.

¿Qué significado tienen las palmas benditas del Domingo de Ramos?

Las palmas benditas recuerdan las palmas y ramos de olivo que los habitantes de Jerusalén batían y colocaban al paso de Jesús, cuando lo aclamaban como Rey y como el venido en nombre del Señor.

Las palmas benditas no son cosa mágica. Las palmas benditas que recogemos cada Domingo de Ramos en las Iglesias Católicas significan que con ellas proclamamos a Jesús como Rey de Cielos y Tierra, pero -sobre todo- que lo proclamemos como Rey de nuestro corazón.

Y ¿cómo es ese Reinado de Jesús en nuestro corazón? Significa que lo dejamos a El reinar en nuestra vida; es decir, que lo dejamos a El regir nuestra vida. Significa que entregamos nuestra voluntad a Dios, para hacer su Voluntad y no la nuestra. Significa que lo hacemos dueño de nuestra vida para ser suyos.

Así el Reino de Cristo comienza a estar dentro de nosotros mismos y en medio de nosotros, pues el Reino de Cristo va permeando paulatinamente en medio de aquéllos -y dentro de aquéllos- que acogen la Buena Nueva, es decir, su mensaje de salvación para todo el que crea que El es el Mesías, el Hijo de Dios, el Rey de Cielos y Tierra. Así nos preparamos adecuadamente para cuando Cristo venga glorioso entre las nubes a establecer su Reinado definitivo.

Los súbditos de ese Rey, su pueblo, somos todos los que hayan cumplido la Voluntad de Dios, todos los santos, todos los salvados por la sangre de ese Rey derramada en la cruz.

Por todo esto, Jesús nos enseñó a orar así en el Padre Nuestro: “venga a nosotros tu Reino”. Y por eso en cada Misa, después de que el pan y el vino son transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, toda la asamblea anuncia la muerte de Jesús, proclama su resurrección gloriosa y terminamos la Aclamación Eucarística diciendo todos a una voz: “Ven Señor Jesús”. Y con esta frase, que es la última de toda la Sagrada Escritura, estamos pidiendo la pronta venida de Jesús para instaurar su Reino definitivo, en el que seguirá siendo el Rey.

Artículo publicado originalmente por Catholic.net

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