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Lecturas del 28 de Mayo del 2016 (Sábado de la Octava Semana)

SANTORAL: San Bernardo de Menthon

Lectura de la carta del apóstol san Judas 17. 20b-25

Queridos hermanos: Acuérdense de lo que predijeron los Apóstoles de nuestro Señor Jesucristo.

Edifíquense a sí mismos sobre el fundamento de su fe santísima, orando en el Espíritu Santo. Manténganse en el amor de Dios, esperando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para la Vida eterna.

Traten de convencer a los que tienen dudas, y sálvenlos librándolos del fuego. En cuanto a los demás, tengan piedad de ellos, pero con cuidado, aborreciendo hasta la túnica contaminada por su cuerpo.

A aquel que puede preservarlos de toda caída y hacerlos comparecer sin mancha y con alegría en la presencia de su gloria, al único Dios que es nuestro Salvador, por medio de Jesucristo nuestro Señor, sea la gloria, el honor, la fuerza y el poder, desde antes de todos los tiempos, ahora y para siempre. Amén.

Palabra de Dios.

SALMO Sal 62, 2. 3-4. 5-6 (R.: 2b)

R. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

Señor, tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti,
por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada
como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará
con júbilo en los labios. R.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos 11, 27-33

Y llegaron de nuevo a Jerusalén. Mientras Jesús caminaba por el Templo, los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se acercaron a él y le dijeron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿O quién te dio autoridad para hacerlo?» Jesús les respondió: «Yo también quiero hacerles una sola pregunta. Si me responden, les diré con qué autoridad hago estas cosas. Díganme: el bautismo de Juan, ¿venía del cielo o de los hombres?»
Ellos se hacían este razonamiento: «Si contestamos: “Del cielo”, él nos dirá: “¿Por qué no creyeron en él? ¿Diremos entonces: “De los hombres?”» Pero como temían al pueblo, porque todos consideraban que Juan había sido realmente un profeta, respondieron a Jesús: «No sabemos.» Y él les respondió: «Yo tampoco les diré con qué autoridad hago estas cosas.»

Palabra del Señor.

Reflexión

En el pasaje del Evangelio de ayer, leíamos la escena en que el Señor expulsó a los mercaderes del templo y dijo: “Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones?”. Y los escribas, indignados por la autoridad con que había actuado el Señor, la cuestionan.

La autoridad de Jesús proviene de su “ser Hijo de Dios” por naturaleza; Él es el verdadero Hijo de Dios, que recibe del Padre su divina naturaleza, toda entera. Tan perfecta como la del Padre, tan infinita y tan santa como la del Padre.

En el contexto histórico, la actitud del Señor fue un gesto significativo. Jesús ha manifestado que tiene autoridad sobre el Templo. Para los escribas y los ancianos de ese tiempo, esa fue una afirmación de una pretensión inverosímil. ¡Jesús reivindica su soberanía sobre la Casa de Dios! Y lo hace pretendiendo cumplir las profecías históricas que expresan la espera de todo un pueblo.

El Señor con la expulsión de los comerciantes del templo, ha herido a esta gente que tenía el monopolio del templo y se creía la suprema autoridad religiosa y civil en el pueblo y cuando ellos quieren exigirle una prueba jurídica de esa autoridad, el Señor los desconcierta preguntándole sobre Juan el Bautista.

No les responde a su pregunta porque era una trampa. Jesús revela sus misterios a los pobres y pequeños, pero oculta su autoridad y el por qué de su proceder a los que con mala fe quieren sorprenderlo. El Señor es bueno, pero no ingenuo y sabe a dónde lo quieren llevar sus enemigos.

Esa gente, que se preciaba de conocer las Escrituras, y que estaba capacitada para poder leer en ellas los signos mesiánicos, en particular de los profetas, y reconocer al Mesías, no lo hizo. Por eso Jesús tiene “derecho” a ocultarles la verdad ya que sólo querían utilizar la confesión de Jesús para condenarlo, en lugar de reflexionar y buscar las razones del obrar de Jesús, tan en sintonía con la enseñanza y los gestos indicadores de los profetas de Israel.

También a nosotros nos ocurre muchas veces, que nos cerramos a los signos que nos presenta el Señor. En muchas oportunidades, quizás sin la mala voluntad de los dirigentes de Israel, también ponemos en duda la autoridad de Jesús, y procuramos más bien que Él se adapta a nosotros en lugar de adaptar nosotros nuestro actuar a Él.

En nuestras vida, encontramos muchas excusas para desoír el llamado de Dios, sobre todo cuando ese llamado afecta a nuestro yo, afecta a nuestros intereses particulares. Es la misma actitud de los dirigentes de Israel.

Dice un viejo refrán, que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Pidámosle hoy a Dios que no seamos sordos a los signos que Él pone en nuestro camino, aún cuando para obedecerlos tengamos que dejar de lado nuestra comodidad y nuestra aparente seguridad, convencidos de que siempre nos tiene en sus manos providentes.

Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la hora, no; pero me avisas.
De nuevo traen tus celestiales brisas
claros mensajes al acantilado

del corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas de tierra eleva, en prisas
de la sangre se mueve, en indecisas
torres, arenas, se recrea, alzado.

Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto aún, Señor, qué quieres,
qué alto vienes a dar a mi jornada.

Perdóname, si no te tengo dentro,
si no sé amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy preparado a tu llegada. Amén

Himno de la Liturgia de las Horas

SANTORAL: San Bernardo de Menthon

Bernardo nació en el castillo de Menthon, junto a lago de Annecy, en la Saboya (hoy territorio Francés), hacia el año 996, de padres nobles y ricos, quienes enviaron al hijo a estudiar a la universidad de París. Durante su estancia en París, se sintió llamado al sacerdocio. Pero al volver al castillo encontró que su padre había resuelto casarlo y le había elegido esposa. De nada valieron las súplicas y lágrimas del hijo, y el empecinado padre del joven hasta hizo celebrar un banquete en vísperas de las bodas. Como último recurso, Bernardo rompió un barrote de la ventana y huyó del hogar, para dirigirse, pasando los Alpes, a la catedral de Aosta, donde fue bondadosamente recibido por el archidiácono. Comienza allí su preparación que culminará con la ordenación sacerdotal. Más tarde, muerto aquél, será Bernardo nombrado para sucederlo en el cargo; años después ocupará el puesto de vicario general de diócesis. En sus recorridas por la extensa región, Bernardo advirtió que uno de los problemas más urgentes era el paso a través de las cumbres alpinas. Varios peligros acechaban a los viajeros que de los países vecinos se dirigían a Roma: las tempestades en aquellas alturas, el frío y la nieve, y las gavillas de bandoleros que se asaltaban las caravanas. Faltaban también misioneros que evangelizaran a los rudos montañeses que habitaban en los valles. Para remediar tales cosas, Bernardo levantó dos construcciones que sirvieron como hospitales y albergues para las personas que realizaban el cruce, y después se llamarían el Gran San Bernardo y el Pequeño San Bernardo, ocupados por sacerdotes que desde Aosta llevó el fundador, creando una congregación hospitalaria a la que impuso el nombre de San Nicolás. Con el tiempo, fueron reemplazados por los de la orden de canónigos regulares de san Agustín, quienes los ocupan actualmente, aunque los albergues hayan perdido importancia desde que se perforaron dos túneles en la montaña. En aquellos siglos, los monjes debían recorrer, sobre todo en invierno, aquellas blancas soledades, atentos al pedido de auxilio de los viajeros extraviados. Iban acompañados cada uno por un enorme perro amaestrado, de inapreciable ayuda en los salvamentos.

Cuarenta y dos años ejerció Bernardo esta obra de caridad y misericordia, salvando la vida a muchísimos viajeros perdidos en la nieve, al mismo tiempo que atendía espiritualmente a los montañeses alpinos, de los que es protector. Ochenta y cinco años tenía cuando solicitaron sus oficios para mediar entre el emperador Enrique IV y los ciudadanos de Pavía, que habían promovido disturbios. Todos los ojos estaban puestos en él; Bernardo bajó de aquellas alturas para apaciguar la discordia y alcanzó eficientemente la ansiada paz. En el camino de retorno, se sintió enfermo al pasar por Novara, y allí falleció, tal vez en 1081.

Otros Santos cuya fiesta se celebra hoy: Santos: Justo, Senador, Germán, Nicéforo, Podio, Juvenal, obispos; Emilio, Félix, Priamo, Feliciano, Crescente, Luciano, Eladio, Pablo, Elconida, Dioscórides, Carauno, Víctor, mártires; Eugenio, confesor; Guillermo, eremita.

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